Mantis religiosa

mantis

La mantis es uno de esos animales asombrosos y fascinantes que ha tenido la desgracia de dar a conocer sus costumbres gastronómico-sexuales a un mundo básicamente machista. Algunas especies de mantis, como muchas especies de arañas e incluso algún que otro vertebrado, tiene cierta tendencia a comerse al macho después de la cópula. Esto es todo. Y de aquí hemos sacado una fama de “mujer fatal” e insecto malvado que la persigue a todas partes y produce un escalofrío en aquellos varones que la observan por vez primera:

— “¡Cómo es capaz de una cosa así!
— ¡Qué frialdad la suya, después de una noche de amor…!
— Seguro que la madre de él ya se lo había advertido.
— Si, probablemente… porque el padre… el pobre…
— Y ahora, ¿quién va a pagar el colegio de los niños?

Cogemos las reglas y leyes de nuestro mundo humano y las extrapolamos al reino animal con una facilidad pasmosa. Lo que es bueno para nosotros es bueno para todos; y lo que es malo… Y claro, comerse al padre de sus hijos, al que paga el colegio, eso es imperdonable. Pero, ¿y si sucediera al revés? ¿Y si el macho se comiera a la hembra?

La sabia naturaleza

Esta pregunta se contesta por sí sola: el macho no puede comerse a la hembra después de la cópula porque, sencillamente, la especie desaparecería. De manera que esta “horrible crueldad” no entra en los planes del varón-animal. Ahora bien, se puede merendar a la hembra después de haber parido, o puede comerse a sus hijos, lo que desde un punto de vista ético es muchísimo peor. Y estas cosas sí las hacen los machos de muchas especies. Es corriente que machos solitarios de león acaben con la vida de la prole de una leona, con objeto de lograr que entre de nuevo en celo y pueda ser fertilizada con sus genes. Si lo hace el rey de la selva, figúrese los súbditos. Ejemplos los hay a cientos. De manera que lo dramático de una mantis no es que se meriende al cónyuge, sino que el “merendado” sea un santo varón. Es decir: puro machismo.

La otra cara de la historia

Lo mire como lo mire la cosa no es tan dramática. Para quitarle hierro al asunto, recordaremos que el adjetivo de “religiosa” que se aplica a nuestra mantis, viene de la postura semierguida que suele mantener, con las patas delanteras levantadas y unidas, como si rezara. ¡Y vaya si tiene motivos para rezar por su alma!

La mantis suele comerse al macho después de copular, es cierto; pero solo en determinadas especies y en determinadas circunstancias. Este tentempié garantiza que los embriones podrán desarrollarse sanos sin que su madre tenga que salir a buscarse la vida recién terminado el escarceo amoroso. Desde un punto darwiniano o evolucionista, se trata sin duda de un anacronismo, ya que por muy supermacho que sea el Sr. Mantis, sólo va a poder dejar sus genes en una única prole. Algo distinto a lo que sucede en el resto del reino animal, incluido el humano: si eres guapo, rico y con dinero, es fácil que las chicas saturen tu móvil y, si no tienes cuidado, acabes por dejar descendencia aquí y allá. En el mundo animal esto es todavía más patente.

Sin embargo, la mantis pasa de estas tendencias evolucionistas y entra más de lleno en la psicología conductista:

“Me has hecho tuya —dice la mantis a su macho— y te prefiero antes muerto que de otra”.

Él replica, angustiado:

“Por dios, no pienses sólo en ti; ten presente la supervivencia de la especie; mis genes son de primera y deben llevarlos cuantos más descendientes mejor”

“Tus genes son de primera y por eso de aquí no salen. ¡A merendar!”

Otras formas de canibalismo

Zanjemos este asunto, recordando que en nuestro mundo también hay devoradoras de hombres —aunque pocas—. Más abundantes son las mujeres que te consumen poco a poco (la lentitud en la ingesta permite varias cópulas) y las hay incluso que antes de haber hablado para nada de la cópula, ya te han comido el seso. De manera que dejemos a las mantis con sus costumbres y pasemos a otro tema.

Una vivencia personal

Mi primera experiencia con las mantis fue sobrecogedora y a ella nos vamos a remitir. Ocurrió cierto día de primavera. Estabamos disfrutando con un amigo de un día de descanso en el jardin. Era mediodía, hacía calor y decidimos salir a tomar una cerveza al porche mientras degustabamos el espléndido espectáculo que brindaba un macizo de margaritas gigantes. Cierto ruido extraño se solapaba a la conversación. Un ruido no identificado, mitad aleteo de insecto, mitad crujido. Dejamos de hablar para tratar de determinar origen y naturaleza del sonido. Provenía del grupo de margaritas. Nuestro amigo se acercó, como lo hace el zoom de una cámara de vídeo. Primero enfocó un grupo de flores; el sonido le llevó a una en concreto y en ella localizó una avispa agitando furiosamente sus alas pero sin moverse de la flor. ¿Qué impedía volar a aquel insecto y que era ese otro ruido constante y cercano? Se aproximó aún más y pudo sorprender en su camuflaje a una gran mantis, que sujetaba firmemente entre sus patas delanteras una avispa a la que estaba devorando lentamente, sin prisa, masticando cuidadosamente cada bocado, emitiendo un sonido claramente perceptible de masticación, que se solapaba al zumbido de las alas de la avispa, conformando una melodía aterradora de muerte e impotencia.

En aquel macizo vivían varias mantis; luego conocimos otras especies diferentes y finalmente pasamos del horror a la comprensión. Ahora las tomamos entre nuestros dedos y permitimos que evolucionen por nuestro brazo, nuestra espalda, haciéndonos cosquillas en la oreja como si se tratáse de un jilguero.

Respetemos la biodiversidad

Las mantis son animales perfectamente diseñados para alimentarse de insectos voladores. Su camuflaje es tal que si cierras los ojos por unos instantes después de haberla localizado entre la vegetación, al volver a abrirlos no serás capaz de distinguirla. Por fortuna para ella, suele pasar desapercibida, excepto en ciertas épocas en que necesita buscar pareja. Entonces levanta un torpe vuelo nocturno y busca la luz, como casi todos los insectos. En esos días es fácil tropezar con una, encontrarla junto al farol de la entrada o en el suelo. Tomémosla con cuidado y llevémosla a algún lugar del jardín rico en flores. Allí pasará desapercibida, vivirá su vida —la sexual y la otra— y no nos hará ningún daño; más bien todo lo contrario.

El mirlo: un ave urbanita

El mirlo común (Turdus merula) es uno de los pájaros más populares de Europa, aunque en los escritos sobre ornitología de hace 150 años se decía que era un ave bastante rara. Se encuentra ampliamente distribuido en parques y jardines, en los cuales busca lombrices de las que alimentarse. Comparte el nombre vulgar de “tordo” con otras muchas especies de aves, como el zorzal y otros pájaros de color negro, tales como estorninos, grajillas, cornejas o chovas.

Es una especie que se ha adaptado magnificamente a medios urbanos, tanto que forma parte de la fauna habitual de los jardines de las grandes ciudades.

El macho de mirlo común es de color negro intenso, con el contorno de los ojos y el pico amarillo anaranjado que resaltan vivamente sobre el resto del cuerpo. La hembra es marrón más o menos uniforme, en tanto que los jóvenes son de color pardo oscuro moteado. El pico de las hembras y los jóvenes es amarillo, pero mucho menos intenso que el de los machos.
El canto de los machos es aflautado, grave y pausado y se les puede oír desde finales del invierno hasta el otoño. Canta siempre en lugares donde puede ser bien visto y oído, desde la punta de un árbol, la antena de una televisión o una farola. Con su canto delimita su territorio, advirtiendo de su presencia a otros machos posibles competidores.

Come en el suelo, dando saltos y moviendo las alas y la cola con un balanceo característico. Caza insectos, caracoles, babosas y lombrices, estando especializado en la captura de éstas últimas ya que mediante su pico escarba la tierra y tira de ellas sin partirlas, sin prisa pero sin pausa. Este es un espectáculo de los más entretenidos de la naturaleza que podemos observar en nuestro jardín ya que su habilidad en la captura es sorprendente. Además de las lombrices puede, en ocasiones, alimentarse de frutos y semillas. Entre otros, siente predilección por las cerezas, lo que hace que algunos agricultores le reciban a tiros durante la primavera.

Son aves sedentarias, aunque algunas poblaciones europeas migran hacia el sur en busca de alimento. Se distribuyen desde las zonas costeras hasta el límite superior de los bosques, apareciendo en raras ocasiones en áreas de matorral sin árboles y estando ausente por completo en zonas esteparias y desérticas. El mirlo común necesita cobertura vegetal de árboles y arbustos donde instalar su nido. No obstante, si la vegetación es cerrada, puede hacer el nido en zarzas, hiedras e incluso en raíces a nivel del suelo.

La hembra construye el nido, que es una taza grande y sólida de tallos, hierbas y hojas secas, tapizado de una capa de barro y otra superior de hierba seca muy fina y restos de hojas.

Comienzan el período de cría entre febrero y abril dependiendo de las condiciones climatológicas. La puesta se compone de 4 ó 5 huevos, aunque excepcionalmente puede haber puestas de 9 huevos. Éstos son de color azul claro brillante y de unos 3 cm de largo. Puede haber dos o tres puestas, incluso a veces, cuatro al año. La hembra pone los huevos a intervalos de 24 horas y la incubación corre totalmente a su cargo. Tras unos 15 días nacen los pollos que permanecen en el nido hasta 20 días después de su nacimiento. Son alimentados por los padres, incluso 3 semanas después de abandonar el nido.
Instalar un comedero de aves es algo barato y sencillo y rellenándolo periódicamente en los meses más crudos del invierno, podemos ayudar a numerosas aves, entre las que puede encontrarse el mirlo común que puede tener dificultades a la hora de alimentarse por la ausencia de insectos y caracoles y por la dureza del suelo helado. El esfuerzo de poner un comedero puede verse recompensado unos meses después con la aparición de una familia de mirlos saltando por nuestro jardín capturando lombrices, eliminando insectos o deleitándonos con su canto.

Las otras avispas

Tratar de convencer a cualquier persona que posea una casa en el campo, de que las avispas son unos amigables insectillos que para nada interfieren en nuestras actividades al aire libre, sería una tarea vana a la vez que una falacia. La avispa, es seguramente, el insecto más odiado de cuantos comparten su hábitat con los que poseen una casa con jardín. A principios de la primavera, las avispas hembra fecundadas (que son las únicas que han sobrevivido al invierno) se constituyen en reinas y comienza la construcción del panal o avispero. Esta tarea corresponde a las obreras que han nacido con los primeros calores. Arrancan trozos de madera con sus poderosas mandíbulas, que trituran y mezclan con saliva produciendo auténtico papel artesanal con el que fabrican sus panales (recordemos que las abejas los hacen con cera).

Avispas molestas

En sus celdillas se dedican a cuidar de las crías, a las que alimentan con todo tipo de insectos que cazan frenéticamente (tarea considerada como beneficiosa). Son los meses de primavera y buena parte del verano, cuando las avispas están demasiado ocupadas como para darnos la murga. Pero hacia finales de agosto, las crías ya están creciditas y el trabajo en el avispero es mínimo. Es entonces cuando la colonia empieza a disolverse y miles de avispas obreras y zánganos vagan por nuestros jardines, molestando, comiendo todo lo que encuentran, metiéndose en los platos y, si las dejamos, hasta en nuestra boca, buscando cualquier cosa que comer. Se tornan pesadas, molestas… Impiden disfrutar de un agradable almuerzo en el jardín y consiguen ganarse —justificadamente— nuestro odio.

Pero lo más grave de todo es que tan íntimo contacto con nosotros deriva con harta frecuencia en picaduras, porque son de “gatillo fácil”, al contrario que las paciente abejas. Y la picadura de avispa puede no ser nada o puede ser muy peligrosa en personas alérgicas.

Avispas discretas

Estas avispas que nos amargan el aperitivo dominical en los meses de agosto y septiembre, pertenecen a la familia de los Véspidos y son avispas sociales, con castas.

Pero hay otras avispas, muy similares a veces, e incluso de esta superfamilia, que viven solas, no tienen obreras y nunca molestan. Algunas son muy parecidas, otras no. Las hay pequenísimas y las hay grandes y de aspecto venenosísimo. Pero todas son escasas y enormemente tímidas, por lo que jamás osarán “echarle el diente” a nuestra tapa de “pata negra”. Muchas viven en galerías que práctican en los suelos arenosos; otras construyen nidos con barro, en ocasiones verdaderas vasijas con su cuello estrechado y una boca amplia y abocinada: Dignas de verse.

¿Cómo diferenciar unas de otras?

Cuando poseen un aspecto similar, las avispas “molestas” se distinguen porque posadas pliegan sus alas, mientras que las otras las dejan extendidas. Y si no se parecen, es fácil distinguir a las buenas: No son como las malas.

Zapadoras, alfareras, albañiles…

Dentro del amplísimo grupo de las avispas —llamémoslas— solitarias, existen verdaderas maestras en el arte de la construcción. Muchas excavan nidos subterráneos de hasta un metro en los montones de arena que olvidamos en el jardín. Son las menos “mañosas”. Otras fabrican pequeños nidos con el barro que transportan en sus diminutas mandíbulas. Y otras, crean verdaderos edificios con habitaciones y todo.

Estas construcciones están destinadas a albergar primero a sus huevos y después a las crías que logren sobrevivir. Cuando nazcan, ella no estará para verlo, por lo que una vez puestos los huevos deja víveres suficientes para que las avispitas se desarrollen lo suficiente como para romper la entrada del nido y lanzarse a la vida exterior, ya fuertes y grandes. Hay dos tipos de víveres predilectos: Arañas y orugas. Antes de tapar el nido la avispa se lanza a la busca y captura de una araña o una oruga —según la especie de avispa— que paraliza con su aguijón e introduce en el nido. Cuando nazcan las crías dispondrán de abundante carne fresca; un poco truculento pero práctico. Ver a una avispa cazadora de arañas perseguir una pobre araña para llevarla al nido es todo un espectáculo. A nosotros, particularmente, nos cae más simpática la víctima, y como en esta batalla lleva las de perder, en más de una ocasión hemos interferido en los designios de la madre Naturaleza y hemos salvado la vida de una araña acosada, escondiéndola en algún lugar. La pobre araña, al sentirse amenazada por un depredador conocido y directo —la avispa— es presa del terror y en lugar de correr salta, para tratar de esquivar los aguijonazos. La oruga lo tiene mucho más crudo, porque su escasa movilidad le impide ningún tipo de maniobra evasiva.

Muy pocos enemigos

Las avispas tienen pocos enemigos naturales. Sus llamativos colores —combinaciones del negro, el rojo y el amarillo— es un código universal en el reino animal que quiere decir: “Peligro; sabor repugnante”. Porque además de ser capaces de picar, encima son malos comestibles, por lo que su población llega a ser casi una plaga en los meses de agosto y septiembre. Al llegar el frío, sólo las hembras fecundadas sobreviven, y esto hace que la población no se dispare. Pero esta proliferación se da sólo en las avispas sociales —las molestas— mientras que el resto mantiene una población incapaz de representar un peligro para nadie.

Un consejo

Si le pica una avispa lo mejor que puede hacer es colocarse inmediatamente una bolsa con hielo en el lugar afectado. Manteniéndola durante veinte minutos no se produce ni dolor ni hinchazón.

El Petirrojo: Una nota de color en el frío invierno

El petirrojo es, seguramente, uno de los pájaros en los que la curiosidad se encuentra más desarrollada. Muchos de nosotros nos hemos visto sorprendidos cuando, tras unos minutos de trabajo invernal en el jardín, removiendo tierra, cavando o podando alguna zona, hemos recibido la visita de esta ave que, desde un apostadero cercano, arbusto, poste o cerca, espera nervioso a que terminemos nuestra tarea para abalanzarse sobre la zona trabajada para buscar alimento.

El petirrojo (Erithacus rubecula), también llamado pit-roig en Cataluña y txantxangorri en el País Vasco, es un ave paseriforme de la familia de los Túrdidos, vulgarmente llamados tordos. En esta familia también se incluyen las collalbas, tarabillas, zorzales, ruiseñores, colirrojos, roqueros y mirlos.

Este pajarillo de unos 15 cm de altura, es rechoncho, marrón uniforme en las partes superiores, rojo anaranjado en el cuello, cara y pecho y vientre blanquecino. Los jóvenes, hasta que mudan por primera vez sus plumas, son de color gris-pardo moteado. Tiene las patas delgadas y largas y los ojos grandes y negros, lo que le confiere un aspecto amigable. Y sin embargo, el petirrojo tiene un espíritu belicoso, ya que son aves que defienden violentamente su territorio frente a otros de su misma especie, sobre todo en época de cría. Su canto inconfundible está formado por un “tic” que nos recuerda, cuando lo repite varias veces, a cómo suena un reloj de juguete (tic-ic-ic…).

Se alimenta de insectos, lombrices y pequeños invertebrados, que busca dando saltitos por el suelo, para lo cual utiliza su fino pico tan diferente del pico grueso que poseen los granívoros como el gorrión o el jilguero. No obstante, en invierno amplía su dieta a semillas, bayas y frutos, e incluso no desdeña picotear restos de pan colocados en un comedero en el jardín.

Más frecuente en invierno

Durante los meses fríos es más frecuente observar a los petirrojos en nuestra Península debido a la migración que éstos realizan a finales de agosto desde zonas europeas para pasar el invierno, con lo que la población que vive sedentaria en nuestro país se ve incrementada por estos visitantes que acuden en busca de lugares más cálidos. Migran de noche y descansan y reponen fuerzas durante el día, aunque en este viaje muchos pierden la vida presa de los cepos y los cebos envenenados que les esperan en los sotos y bosques, a pesar de ser totalmente ilegales.
En los meses primaverales los petirrojos se muestran más esquivos y es mucho más difícil observarlos ya que la cría empieza a finales de marzo y continúa hasta primeros de junio. Cría en bosques espesos de pinos o robles con o sin matorrales y ocasionalmente en plantaciones, huertos y jardines. Hace su nido en agujeros de tocones de árboles o a baja altura en los troncos, en taludes, entre raíces o matorrales bajos y en ocasiones, en paredes de edificaciones. El nido lo construye la hembra y está formado por un tazón fabricado con hojas secas, hierba, musgo y raíces finas

El aprovechado cuco

Normalmente ponen cinco o seis huevos dos o tres veces en la época de cría, que sólo son incubados por la hembra, alimentada ésta por el macho. Los pollos tienen plumón de color gris oscuro y la boca naranja y amarilla para llamar la atención de sus padres, que son los que los cuidan y alimentan. Al cabo de once o doce días abandonan el nido, aunque en ocasiones sólo es un pollo el que lo hace, el del cuco. Y es que el cuco es un ave que parasita el nido de otros pájaros, generalmente mucho más pequeños que él, siendo el petirrojo uno de los hospedadores más frecuentes en el norte de España. De este modo, el pollo adoptado se deshace de sus hermanastros petirrojos tirándoles del nido o simplemente recibiendo todo el alimento que traen al nido sus padres adoptivos abriendo su enorme boca.

Cuando acaba el verano, mudan su plumaje y renuevan el canto, melancólico y muy agradable que marca sus territorios de invernada, cada individuo separado de sus congéneres, defendiendo cada cual su parcela exclusiva, que puede ser nuestro jardín si habilitamos un comedero.

Es un pájaro popular por ser abundante y familiar con el ser humano y también, si preguntamos a los más mayores, por la leyenda que comparte con la golondrina, de haber quitado las espinas de Cristo en el Calvario, salpicándole la sangre el pecho, que para siempre lucirá de rojo anaranjado.

Los Tisanuros. Pececillos de plata

Los insectos o hexápodos son el grupo de artrópodos con más éxito, desde el punto de vista biológico, en la faz de la tierra. Ningún otro colectivo de seres vivos tiene tal variedad de formas, colores, funciones y hábitats. Constantemente se están describiendo nuevos insectos y algunos autores piensan que es posible que el número de especies ronde los treinta millones.

Los tisanuros son los insectos más primitivos, pero no por ello desconocidos, ya que es muy frecuente encontrarlos en nuestras casas. Puede que a los lectores de esta web les sorprenda el nombre de estos animales y que frunzan el ceño ante la sospecha de que vamos a hablar de un extraño y desconocido bicho sólo observado por los más locos expertos del mundo de los insectos. Nada más lejos de la realidad, pues seguro se han topado alguna vez con el tisanuro, también conocido como pececillo de plata, quizá en una visita intempestiva al cuarto de baño o al abrir uno de los armarios de la cocina menos utilizado.

Son animales que, como todos los insectos, tienen un esqueleto externo de quitina que les protege y su cuerpo aparece dividido en tres partes: cabeza, tórax y abdomen. Miden entre siete y veinte milímetros de longitud y tienen una curiosa forma de zanahoria, más anchos en la parte anterior, donde está la cabeza y puntiagudos en el extremo inferior que está rematado por tres apéndices o cercos a los cuales deben su nombre puesto que thysanos significa adorno y oura, cola.
Su cuerpo está recubierto por escamas de color metalizado y se mueven como si estuvieran nadando por lo que se les llama vulgarmente pececillos de plata. Con sus antenas controlan el medio que habitan, detectan el alimento y el peligro. Como no tienen alas para huir ante una situación conflictiva, utilizan otros recursos, como la rapidez de movimientos y los giros bruscos de su cuerpo formando un arco, ayudados por los apéndices que tienen en el extremo de su abdomen. Son por ello difíciles de coger cuando los encontramos en el cuarto de baño o en la alacena donde se nos cayó algo de harina ya que se escapan rápidamente entre las maderas del armario de cocina o por cualquier minúscula rendija entre los azulejos del cuarto de baño. Pero no nos preocupemos, son totalmente inofensivos y aparte de comerse la silicona de alguna tubería o algún resto de azúcar caído en el suelo, poco daño pueden hacernos, pues raramente constituyen una plaga. Utilizar insecticidas contra ellos puede ser contraproducente ya que todos estos productos contienen venenos que contaminan y destruyen muchos organismos útiles, creando una situación de desequilibrio biológico.

Viven en hendiduras y rincones oscuros, alimentándose de cualquier tipo de sustancia orgánica que tenga almidón. Tienen hábitos nocturnos que sólo pierden cuando inician los juegos de cópula. Es entonces cuando realizan un baile desenfrenado dando vueltas el macho alrededor de la hembra y viceversa hasta que el macho fabrica una bolsita con sus espermatozoides y la deposita en el suelo, tejiendo después una fibra señalizadora para indicar a la hembra donde la ha dejado. La hembra recoge la bolsa y la introduce en su cuerpo, produciéndose entonces la fecundación.

Los individuos jóvenes son muy parecidos a los adultos, cosa que no ocurre en la mayoría de los insectos. La metamorfosis es un proceso en el cual hay un cambio de forma del animal que pasa por distintas fases: huevo, larva y pupa hasta llegar al individuo adulto. En el caso de los tisanuros la metamorfosis no existe, es un desarrollo directo desde el ejemplar joven al maduro. Mudarán su cubierta quitinosa al menos seis veces durante su vida (cuatro o cinco años), hasta alcanzar el tamaño del ejemplar adulto.

Los tisanuros se dividen en dos grupos: los pececillos de bronce y los pececillos de plata. Los primeros son menos abundantes, más grandes, tienen color metálico anaranjado y suelen vivir en la costa alimentándose de restos orgánicos. Las especies más representativas son Petrobius maritimus y Machilis polypoda. En el segundo grupo, más abundante y cosmopolita, encontramos la especie más conocida Lepisma saccharina, llamado vulgarmente pececillo de plata, lepisma de la harina o lepisma del azúcar. Otras especies como Thermobia domestica, llamado el insecto del fuego o termobia de las tahonas, suele vivir , como su nombre indica, cerca de cocinas u hornos, soportando en ocasiones temperaturas impensables. Por último, hay una especie, Atelura formicaria, que vive en nidos de hormigas y termitas, aunque es una excepción ya que, en general, los tisanuros prefieren nuestros frescos y húmedos cuartos de baño.

La tijereta: una buena madre

Las tijeretas son insectos alargados, pardos o rojizos brillantes, que miden entre 1 y 1,5 cm de longitud. Tienen las alas posteriores protegidas por las anteriores que se han transformado en unos élitros duros y córneos, característica que comparten con los escarabajos.

No obstante, algunas especies han perdido la capacidad de volar. Además presentan unos apéndices en la parte posterior del abdomen en forma de pinzas que nos permiten reconocerlas rápidamente. Están incluidas dentro de un orden pequeño, con una fauna escasa en Europa, ya que, en general, aguantan mal el frío. Hay dos especies, en cambio, que soportan condiciones climáticas adversas, por lo que están ampliamente extendidas; de éstas la más conocida es la tijereta común o Forficula auricularia.

tijereta con sus crías

La tijereta común es un insecto muy conocido por todos, alargado, con largas antenas y alas grandes y delgadas que raramente despliegan. Tal vez sean estas alas una de las características que pasan desapercibidas en estos animales, ya que prefieren desplazarse sobre el suelo antes que utilizar la locomoción aérea. Las pinzas que tienen en la parte posterior del abdomen son curvadas en los machos y casi rectas en las hembras y las utilizan como defensa, arqueando el cuerpo y amenazando al agresor como si fuesen un escorpión, aunque no tienen ningún tipo de veneno y sólo pueden pellizcar.

crías de tijereta

A pesar de ser inofensivas, la tijeretas dan miedo y son objeto de supersticiones tales como que buscan las orejas de los seres humanos para introducirse en ellas y perforar el tímpano. Nada más lejos de la realidad, aunque puede ser que algún excursionista se haya despertado de una siesta en el campo sobresaltado al sentir a una de ellas en la oreja ya que les gusta estar cobijadas mientras descansan.

Son insectos nocturnos y durante el día podemos encontrarlas en las casas, ocultas en rendijas; en el suelo, escondidas en grietas; en el jardín, bajo los tiestos y, en definitiva, en cualquier escondite oscuro.

Las tijeretas son fundamentalmente detritívoras, se alimentan de desechos orgánicos, lo que es muy útil para la formación del suelo. También forman parte de su dieta insectos vivos, hojas y pétalos tiernos.

Los insectos no suelen cuidar de sus crías pero las tijeretas son una excepción. Las hembras depositan entre 20 y 40 huevos que cuidan todo el invierno, hasta que en primavera, tras 5 ó 6 semanas de desarrollo, eclosionan. La madre cuida primero los huevos y luego las larvas hasta la segunda muda, momento en el que son capaces de defenderse por sí mismas y se emancipan, aunque con cierta frecuencia podemos observar grupos familiares.

Tras cuatro mudas, las jóvenes tijeretas se transforman en adultos, adquiriendo en otoño la madurez sexual. Tras el apareamiento y la puesta de huevos, pasan el invierno enterradas en el suelo.

Si les perdonamos, de vez en cuando, que se coman algun pétalo de un capullo, nos percataremos que no sólo no son perjudiciales sino que son beneficiosas para la buena salud de nuestros jardines.

El sapo

Para ejemplarizar cómo hasta el ser más horrendo debe ser amado y respetado, la literatura infantil eligió al pobre sapo como paradigma de todo lo feo y repugnante. Bien es cierto que con afán educativo, porque bastaba un simple beso para convertirlo en un apuesto príncipe casadero.

Han cambiado mucho las cosas; los príncipes permanecen solteros y a los sapos no les besan ni las princesas. El sapo, antaño protagonista de cuentos de hadas, va camino de representar su propia extinción en un teatro repleto de hombres y mujeres que no prestan la menor atención al espectáculo. En esta web nos va tocar hablar de animales que, de seguir así las cosas, dentro de pocos años sólo se podrán contemplar en las enciclopedias. El sapo común es uno de ellos. Se va quedamente, sin pena ni gloria; sin despertar en nosotros la menor sensación de pérdida. El bueno del sapo, ese bicho por enésima vez maligno, venenoso, capaz de emponzoñar las aguas de un abrevadero hasta el extremos de tener que sacrificar las reses que en él abreven… se extingue. Alguien dirá que exageramos, pero, pregúntense: ¿cuántas veces vieron sapos en su infancia? ¿Cuántos ven ahora?

El primero de la clase en muchas asignaturas

Todo empezó —como casi siempre— hace muchos millones de años. El mar estaba bastante bien colonizado por multitud de invertebrados y algunos vertebrados. Un buen día, uno de ellos sintió curiosidad y se acercó a la orilla: era el abuelo del sapo. Miró aquí y allá, y con el espíritu inconformista y emprendedor de los pioneros, decidió que aquella masa terrosa merecía ser explorada. Y de pez, se convirtió en anfibio, como nuestro sapo. Lo que vio fuera del agua no debió cautivarle por completo porque tanto él como sus descendientes nunca dejaron de depender del agua en algún momento de su vida. Y llevan en este equilibrio inestable muchísimos millones de años; muchos más que los famosos dinosaurios (referencia obligada cuando se habla de bichos/millones de años).

Las primeras lágrimas

Los anfibios fueron los primeros en desembarcar, pero también lo fueron en tener un oído como Dios manda (con sus huesecillos y su oído medio), en disponer de patas pares, en proteger sus ojos con párpados y en tener glándulas lacrimales. Por tanto, las primeras lágrimas que humedecieron la tórrida arena del mesozoico fueron derramadas por el abuelo del sapo.

Menos veneno

La leyenda negra del sapo hunde sus orígenes en su presunto carácter venenoso. El sapo, como todos los anfibios, tiene unas glándulas en la piel capaces de segregar una sustancia maloliente y tóxica que llega a afectar las mucosas del ser humano. Es un animal poco apetitoso y por ello le respetan casi todos los depredadores. Pero una cosa es disponer de las armas y otra muy distinta utilizarlas. Los animales no son tontos y no se dedican a derrochar sus exiguos medios de defensa. Si se les trata con delicadeza o, simplemente, no se les trata, la mayor parte de animales potencialmente peligrosos son completamente inofensivos. Pero volvamos al sapo.

Infatigable viajero

La vida de una sapo pasa por muchas vicisitudes, inimaginables para usted y para mí. Para empezar, el sapo nace como una retahíla de huevos de muchos centímetros de larga que pone su mamá. La deposita en el agua y es la única vez en la vida de nuestro amigo que necesita imperiosamente del líquido elemento. Estos huevos eclosionan y salen los renacuajos, que van sufriendo metamorfosis hasta convertirse en individuos sapos con aspecto de sapos. En esto invierten de 2 a 3 meses. Y mientras tanto, se alimentan de algas en su charca. El sapito adulto lleva una vida discreta hasta que le llega la época del celo. Entonces necesita encontrar novia o novio y para ello emprende larguísimos viajes hacia lugares húmedos o encharcados. Y es ésta pequeña migración la que los pone al descubierto y los hace vulnerables. Mueren atropellados en las carreteras o víctimas del perjuicio y la ignorancia.

En Colmenarejo, el sapo común ya es el menos común de los sapos. Es más fácil verle atropellado, con toda su enorme “humanidad” desparramada por la carretra, que encontrarle en nuestro jardín.

¿Qué hacen por nosotros?

No tendrían porqué hacer nada provechoso por el ser humano para justificar su existencia, pero también lo hacen. El sapo sale a cazar de noche y se alimenta de insectos —nocturnos, claro— precisamente aquéllos que se libran del control de las aves y depredadores diurnos. Si no hay sapos, los insectos de la noche se libran de sus enemigos (salvo que tenga musarañas) y verá mermar su huerta sin saber qué está pasando.

Si lo encuentra en su jardín, déjelo vivir. Y si lo ve en el camino de su casa, pare el coche en el arcén, debidamente señalizado, levántelo cuidadosamente y ayúdele a cruzar la calle. No le pedimos que lo bese, como haría una princesa con corazón de oro; bastará con que no le haga llorar.

Ranas. El anfibio más doméstico

Con su alegre canto dan un toque de alegría en las noches, aún frescas, de la primavera. Son graciosas y mucho más apreciadas que sus primos, los sapos. Las ranas forman parte de ese nutrido grupo de animalillos que conviven con nosotros durante la infancia, formando parte de nuestros juegos y travesuras, y un buen día, mirando atrás, nos damos cuenta de que ya han desaparecido de nuestras vidas, sin saber cuándo exactamente ni cómo.

¿Quién no ha cogido ranas en alguna charca durante sus vacaciones estivales, allá en los años muy mozos? Ranas, lagartijas, culebras… Bichos que nos eran por completo accesibles y que hoy seríamos incapaces de atrapar, y si lo hiciéramos sería a costa, probablemente, de dañarlos. ¿Dónde han ido a parar las simpáticas ranas de nuestra niñez? Pues… no se han ido a ningún sitio; siguen ahí para todo aquel capaz de ver con la curiosidad y el interés de un crío. Evidentemente, no las vamos a encontrar en las grandes capitales, pero en el resto de lugares no es difícil verlas. Aunque vivamos algo alejados de charcas y ríos, un buen día, descubrimos que en el jardín hay una rana. Esto no es infrecuente. ¿Cómo ha llegado ahí?

Nacidas de la tierra

Durante años podemos vivir en un tranquilo chalet, en un lugar más o menos natural de la España continental. No hay una humedad especial, ni ríos cercanos, ni estanques… Una primavera lluviosa, limpiando algún sumidero o alguna arqueta, descubrimos maravillados que entre el agua sucia del desagüe hay una pequeña y huidiza ranita. En otras ocasiones, la simpática e inesperada visita aparece poco después de haber instalado un estanque o una fuente en el jardín. En realidad, la rana no ha venido de ninguna parte; estaba ahí, enterrada en algún rincón húmedo del jardín, esperando el momento propicio para salir y dejar atrás la vida de lombriz y recuperar su vida de rana. La oiremos croar, la veremos tomar plácidamente el sol en las horas quietas del mediodía. Durante buena parte del verano nos acompañará con sus chapoteos y sus gorgoritos de anfibio enamoradizo, y un buen día de otoño, volverá a desaparecer.

No tan acuáticas

Los anfibios necesitan el agua para sobrevivir. La mayoría viven en el agua o cerca de ella durante los periodos reproductivos. Si exceptuamos a la común y corriente rana verde (Rana ridibunda), el resto de ranas de la fauna ibérica viven bastante felices lejos del agua: la diminuta ranita de San Antón entretiene el ocio en los árboles y arbustos, donde es frecuente oírla sumar su peculiar canto nocturno al de ruiseñores y otras aves insomnes. Ya lo dice el famoso verso de Perogrullo:

La rana canta en la rama;
¡qué buen día hará mañana!

Esta rana arborícola tiene unas expansiones discoidales en la punta de sus dedos que le permiten adherirse a las hojas de los árboles.

El resto de ranas hispanas tampoco son muy acuáticas: la rana patilarga (R. ibérica), que vive en altitud, cerca de arroyos de agua rápidas o sumida en las profundidades del bosque; la rana bermeja (R. temporaria) y la rana ágil (R. dalmatina) tampoco tienen inconveniente alguno en vivir alejadas del agua. En Colmenarejo nos tenemos que conformar con la rana común, que lo es bastante, como comunes son las charcas y arroyos estacionales.

Claro está que nos estamos refiriendo a los ejemplares adultos. Cuando la rana es un simple y voraz renacuajo, necesita imperiosamente el agua, y si esta falta o la charca se seca, muere irremisiblemente. Pero los adultos son otra cosa; se entierran y desentierran sin pudor, apareciendo aquí o allá después de años de ausencia. Por eso no es raro verlas aparecer como por arte de magia.

Una infancia difícil

El desarrollo de las ranas resume en unas pocas semanas el devenir de muchos seres vivos a lo largo de millones de años. Comienzan siendo un huevo, luego larvas (renacuajos) de vida acuática y respiración branquial y terminan siendo ranas adultas, con respiración pulmonar, capaces de prescindir del agua, con patas y órganos bien desarrollados. En pocas semanas recorren la peripecia que llevó a un pez, hace millones de años, a dejar su cómoda vida subacuática y adentrarse en tierra firme.

Caídas del cielo

La mágica y misteriosa vida de la rana alcanza cotas de leyenda en las míticas “lluvias de ranas”. Seguramente, alguno de ustedes haya oído a algún anciano relatar que en tal o cual lugar, allá por el año de Maricastaña, llovieron ranas. No se rían, no. El abuelete no chochea (al menos no por esta afirmación). Aunque es algo extraordinario, se han dado casos bien documentados de lluvias de ranitas, e incluso de peces; ¡cómo lo oyen! Es un fenómeno raro, asociado a fenómenos tormentosos del estío. Las fuertes corrientes ascendentes asociadas a estas tormentas son capaces de “succionar” literalmente el agua de charcas, con todo lo que contienen: barro, larvas, insectos, renacuajos, ranas y peces. La tormenta puede tardar en descargar incluso días. En ese tiempo, las corrientes ascendentes del cumulonimbo llevan de acá para allá a nuestros renacuajos y ranas, que son “descargados” a kilómetros de distancia de donde fueron “abducidos”.

Los opiliones

Como ya hemos comentado en otras ocasiones, el grupo de los artrópodos es el más numeroso de cuantos existen en la Tierra, ya que unas tres cuartas partes de las especies conocidas se incluyen dentro de este grupo.

Los insectos representan la mayor parte de los artrópodos, casi un millón de especies, en tanto que los crustáceos, miriápodos y arácnidos sólo tienen unas cien mil especies conocidas. El éxito de los artrópodos reside en su estructura corporal, ya que tienen un esqueleto externo rígido de quitina que les protege y que además está articulado, lo que les proporciona movilidad.

El cuerpo de los artrópodos está dividido en segmentos que se agrupan en tres partes (insectos y crustáceos), en dos (arácnidos) o que no se agrupan (miriápodos).

La clase de los arácnidos se caracteriza por su división corporal, ya que presentan unos segmentos unidos en una parte anterior o prosoma y el resto en una posterior u opistosoma. Tienen seis pares de apéndices, de los cuales, el primer par son los quelíceros, que tienen generalmente forma de pinza y sirven para sujetar el alimento y, en ocasiones, para inyectar el veneno que tienen en unas glándulas ubicadas en su interior. El segundo par son los pedipalpos, cuya función es básicamente táctil. El resto de los apéndices son patas marchadoras.

Los opiliones son arácnidos, vulgamente conocidos como “murgaños”, “patudos”, “segadores” o “papaíto patas largas”, entre otros. Se les reconoce precisamente por esto último, por presentar especies con unas patas extraordinariamente largas, de las cuales pueden desprenderse en cualquier momento si se encuentran atrapados, a pesar de que la pata perdida nunca se recupera, al contrario de lo que ocurre con otros arácnidos. El segundo par de patas es el más largo de todos y los opiliones lo usan para explorar el espacio que tienen delante. Cuando un opilión pierde estas patas pierde el instinto de comer, beber o aparearse, lo que sugiere que son importantes órganos sensoriales además de locomotores. Es difícil encontrar un individuo viejo con todas sus patas.

Tienen el cuerpo compacto y ovoide, es decir, presentan unido el prosoma y el opistosoma, y en la parte dorsal, sobre una prominencia más o menos abultada según la especie, se sitúan dos ojos simples y un par de orificios laterales que dan salida a las glándulas odoríferas o repugnatorias, que desprenden un olor en sitiuaciones de peligro que recuerda a las almendras amargas. Los quelíceros forman una pinza pero sin glándula de veneno, por lo que son totalmente inofensivos para el ser humano y los pedipalpos se asemejan a patas cortas que en ocasiones presentan pelos o protuberancias que ayudan a la detección y captura del alimento.

Dentro de este grupo se incluyen unas 3.500 especies en todo el planeta, que tienen patas que miden entre 1 mm y 16 cm de largo. La mayoría son tropicales ya que en Europa tan sólo hay alrededor de 50 especies, siendo la Península Ibérica la que mayor número presenta.

La mayoría de las especies de opiliones viven en el mantillo de hojarasca y el musgo de bosques húmedos, resguardados bajo las hojas, bajo piedras, recubriéndose de barro, en las zonas litorales o en cavernas. Pero algunos eligen el interior de nuestras casas para vivir. En estos casos, podemos encontrarlos en lugares oscuros y frescos, como pueden ser el garaje o la bodega, realizando una importante labor de limpieza de insectos en estas estancias. A diferencia de otros invertebrados no sobreviven mucho tiempo sin comida ni agua. Muchos son omnívoros, alimentándose de invertebrados vivos o muertos, restos orgánicos que encuentran entre cortezas de árboles, frutos caídos, hongos o materia vegetal en descomposición. A diferencia de otros arácnidos no digieren el alimento externamente, expulsando jugos gástricos y succionando los tejidos licuados, sino que lo succionan una vez que está fragmentado para digerirlo posteriormente en el intestino.

Los sistemas reproductores en los opiliones son únicos entre los arácnidos. El macho presenta un pene largo y tubular y la hembra una protuberante estructura denominada ovopositor que mide varias veces la longitud del cuerpo. La cópula, al contrario que en la mayoría de los arácnidos, se realiza directamente, sin cortejo previo. El macho y la hembra se colocan de frente y el pene del macho se extiende desde su orificio genital hasta el de la hembra, pasando entre los quelíceros femeninos y por debajo de su cuerpo hasta alcanzar el orificio genital femenino. Después de la fecundación, la hembra utiliza su ovopositor para hundirlo en el humus o la madera en descomposicion y depositar varios cientos de huevos aunque, como siempre, existe la excepción, ya que algunas especies sólo ponen uno. En otros casos, colocan los huevos en una tela colgada del hueco elegido como vivienda y son vigilados atentamente por la hembra. De los huevos salen las crías que realizan de 4 a 8 mudas hasta alcanzar el estado adulto. En ocasiones, podemos encontrar un centenar de opiliones jóvenes tapizando una grieta, dando la sensación, cuando se mueven todos a la vez, que es la roca la que se está moviendo.
Es muy sorprendente que seres tan pequeños y desvalidos como los opiliones generen tanto recelo irracional en el ser humano. Los opiliones son totalmente inofensivos y lejos de ser enemigos pueden constituirse en aliados contra algunos insectos que pueden transmitir enfermedades a animales o plantas. No tienen veneno, por lo tanto jamás podrán “picarnos”.
Hace 300 millones de años que están sobre la faz de la Tierra, ¿no se merecen un hueco en nuestro jardín?

La musaraña

La mayoría de nosotros no la verá jamás, como no sea en un documental televisivo. Su existencia pasará tan desapercibida que, incluso después de leer este artículo, albergará serias dudas de que tal animalejo conviva con usted y su familia. Y, sin embargo, es muy probable que dé cobijo en su jardín a la voraz y agresiva musaraña.

No se asuste; no pasa nada. Nuestra protagonista apenas mide 4 ó 5 centímetros y pesa menos que una moneda de dos euros. Además, entre su dieta no se incluye la carne humana; eso sería canibalismo, porque la pequeña musaraña —Musi, desde ahora— es familia lejana nuestra. Realmente es mucho más que eso. Nos explicaremos.

Hace unos 80 millones de años, cuando a los peliculeros dinosaurios empezaba a pintarles en bastos, un diminuto animalillo (más diminuto entonces, si lo comparamos con sus vecinos) buscaba la manera de hacerse un hueco en este mundo. La cosa no parece fácil teniendo en cuenta que Musi era hasta 4 millones de veces más pequeña que sus vecinos más espigados. Pero Musi, rodeada de reptiles gigantes, de insectos gigantes y de árboles gigantes, tenía varios ases en la manga.

Para empezar, Musi sabía mantener constante su temperatura (hay paleontólogos que afirman que los dinosaurios también lo hacían, pero no hay pruebas), lo cual es una enorme ventaja para colonizar cualquier tipo de ecosistema. También era capaz de hacer algo que entonces nadie sabía hacer: parir crías desarrolladas, en contraposición a los huevos que ponían, por ejemplo, los reptiles. Y hacía algo más: las alimentaba con un líquido muy nutritivo que segregaban unas glándulas que tenía en su milimétrico pecho. En la actualidad esto de parir una o varias crías y darles de mamar parece de lo más normal, pero en aquellos tiempos nadie sabía hacerlo. Pronto se vio que el sistema era muy exitoso. Permitía a los hijos de Musi crecer en su interior, seguros y a salvo, hasta alcanzar un desarrollo razonable. Una vez fuera de su madre, disponían de comida abundante y de gran calidad al alcance de la mano. De esta manera sus posibilidades de sobrevivir eran mayores que las de sus gigantescos vecinos, que tenían que buscarse la vida nada más eclosionar (eso, si un Oviraptor no los engullía cuando todavía eran huevo).

Nuestros “primeros padres”

Y la familia de Musi creció y creció, se diversificó, y aunque Musi siguió siendo más o menos como es hoy, sus parientes tomaron rumbos diferentes. Unos acabaron siendo gatos, otros murciélagos, otros vacas y otros… usted (no se ofenda). Y aquí estamos, teniendo a nuestra abuelita en el jardín y sin saberlo. Porque de nuestra pequeña musaraña, provenimos todos los mamíferos; es nuestro ancestro común. Si hacemos un gran árbol genealógico de todos los mamíferos, Musi estará en la base del tronco, con sus escasos 10 gramos, soportando toda la diversidad que han alcanzado sus descendientes y con el orgullo de ser la más antigua de todos.

Musi nos hace mucho bien

Y ahí la tiene, con más de 80 millones de años… y como el primer día. Su vida se reparte entre cazar, criar y dormir. Mientras hace buen tiempo, mantiene una frenética actividad cazando insectos con una voracidad legendaria. Su metabolismo es muy alto y necesita alimentarse con mucha frecuencia. Come cualquier insecto que ande por el suelo y si en su camino se topa con animales mucho mayores que ella, por ejemplo un ratón, los pone en fuga; porque, la verdad sea dicha, Musi tiene mal carácter. No dudará en atacar si se ve en la necesidad, de manera que si se topa con ella no intente cogerla o recibirá una buena dentellada de 1 milímetro.

Cuando no está limpiando nuestro jardín de insectos dañinos, está criando alguna de sus numerosas camadas, y cuando no cría ni come, duerme. Musi tiene uno de los letargos más profundos. Es entonces cuando puede encontrarla, durante los meses fríos, entre la hojarasca de algún arbusto rastrero y tupido. Parecerá muerta. Estará rígida y fría. No percibirá ni su latido cardiaco ni su respiración, porque son tan débiles y espaciados que parecen inexistentes. Pero no se confunda: está viva. Déjela en el lugar en que estaba o, si esto no es posible, busque otro escondido y al abrigo de miradas indiscretas. Puede guardarla en un terrario para ver cómo despierta en primavera, pero no se lo aconsejamos, porque Musi es muy sensible y puede morir de un ataque cardiaco al despertar y verle (no es nada personal).

No obstante, lo normal es que nunca encuentre una musaraña en su jardín. Sin embargo, Musi, sólo estará ausente de zonas muy extensamente urbanizadas (grandes ciudades, o zonas urbanas de localidades satélites). Si su chalet está en una zona tranquila, preferiblemente cerca de entornos más o menos naturales, su parcela tiene suficientes escondrijos y no es usted de los que se pasan el día fumigando para matar todo lo que se mueve… puede estar seguro de que cada atardecer, al renacer las sombras, unos diminutos ojos surgidos de la noche de los tiempos le observarán con satisfacción: “¡Hay que ver, qué lejos ha llegado este nietecito!”

PVC