El lagarto ocelado

Es el mayor de los lagartos que habitan Europa —lo que equivale a decir el mayor lagarto terrestre— y en Colmenarejo es frecuente, aunque se ha apreciado un considerable descenso en los últimos años. Un macho adulto, de unos 7 u 8 años puede medir casi un metro de longitud, aunque lo normal es que no sobrepase los 60 cm. Este hermosísimo animal (al que las comodidades y la comida fácil del cautiverio le sientan a las mil maravillas, pues alargan su vida hasta los 10 años) no suele vivir más de 5 ó 6 años, una vida muy corta si tenemos en cuenta, además, que de octubre a marzo duerme, lo que reduce su vida real a poco más de dos años y medio. En este escaso tiempo, la cría de un mamífero longevo aprende algunas cosas, pero nuestro lagarto nace sabiéndolo todo. No en vano es uno de los últimos descendientes de una estirpe gloriosa que dominó el mundo durante tantísimos años, que todo lo vivido por la Humanidad desde los albores del Antiguo Egipto hasta la actualidad podría repetirse más de 30.000 veces y ellos aún seguirían ahí. Nos estamos refiriendo, como no, a los reptiles.

Señores, un respeto

Raramente nos planteamos la legitimidad que tienen muchos de los seres que nos rodean para existir. Damos por hecho que los árboles se pueden talar, que los animales se pueden cazar, que las hormigas se pueden pisar… y que los lagartos se pueden matar. Y poderse, se puede, de hecho basta con mirar a nuestro alrededor para ver cada vez menos de casi todo. Pero, tal vez, si antes de quitar de en medio a una lagartija que se ha metido en casa, pensásemos a quién vamos a eliminar… quizá no lo haríamos. Nosotros, las personas, no estamos aquí por casualidad. Independientemente de las creencias religiosas de cada cual, hoy día nadie pone en duda que procedemos de una evolución de seres más y más primitivos a medida que nos alejamos en el tiempo. Y eso es así por las leyes de la naturaleza o por la voluntad divina. Estamos como colgados de una cadena: El eslabón del que pendemos será el Homo antecessor y éste estará sujeto al Australopitecus, que a su vez estará agarrado a un abuelo del orangután o el chimpancé, que lo estará… Si seguimos retrocediendo en esa cadena que nos sujeta y gracias a la cual estamos donde estamos, encontraremos la musaraña y más atrás, un reptil. Si cualquiera de estos eslabones hubiera fallado, si un extraterrestre hubiera aterrizado hace millones de años y, dedicándose a la caza, hubiera exterminado las musarañas, por ejemplo… nosotros, tal y como somos ahora, no estaríamos aquí. Si creemos en la Divinidad, el Sumo Hacedor se las habría ingeniado para hacernos descender de las aves o los anfibios, pero no seríamos iguales: Tendríamos pico o plumas. Si somos agnósticos, es probable que concluyamos que nunca habría aparecido una inteligencia tan desarrollada como la que ahora puebla el mundo.
Estas disquisiciones, fruto del respeto por todos los seres vivos, nos llevan a concluir que, de la misma manera que nosotros debemos nuestra existencia a seres tan insignificantes como un lagarto, tal vez este mismo lagarto pueda, en un futuro muy lejano, dar vida a una especie aún más increíble que nosotros. ¿Por qué no?

El devorador de mujeres

Podemos pensar esto, y respetar al lagarto. Podemos respetarle aunque no pensemos esto. Y podemos asarlo a la parrilla y comérnoslo. Hace unos años saltó a las primeras páginas de los periódicos la noticia de un hombre que había sido multado con un millón de pesetas por dar muerte a un lagarto ocelado, especie por demás, protegidísima. El pobre hombre, una persona de vida humilde y sin recursos, declaró en su favor que lo había hecho para poder comer. Sea o no esto cierto, el triste suceso puso de manifiesto una realidad: En nuestro país la mayoría de los ciudadanos no valoramos en su justa medida la enorme riqueza biológica que poseemos. Y un lagarto es un bicho dañino, que muerde con saña las partes pudendas de las mujeres que osan hacer sus necesidades en pleno monte; y es tal su ensañamiento, que sólo decapitando al bicho conseguiremos que suelte su presa magra.

Y esto no nos lo hemos inventado; forma parte de la sabiduría popular de muchas regiones españolas.

De caza con Vicu-Vicu

La casualidad nos ha permitido tener frecuentes contactos con el lagarto ocelado. Generalmente con ejemplares pequeños y medianos, nunca mayores de 40 cm. Pero aún no siendo los grandes de la clase, un lagarto de 40 cm impone respeto. La responsable de esta relación es Vicu-Vicu, una gata blanqui-parda, hija y nieta de gatas asilvestradas. A los gatos les gusta mucho cazar lagartijas y lagartos hasta unas medidas razonables, traspasadas las cuales es más fácil que sea el lagarto quien caze al gato. El hecho es que Vicu-Vicu es muy cariñosa y obsequiosa con sus amos, como cualquier gato bien nacido. En sus correrías por el monte, se ha topado varias veces con lagartos, los ha capturado y nos los ha traído. Hasta aquí todo normal. Lo interesante de todo esto, lo que motiva que al comienzo de este artículo hayamos dicho que el lagarto nace sabiendo, es que mientras los pajarillos, gazapos, ratones, topos, lirones, etc., ofrecen una tenaz resistencia a su captura y provocan el rápido mordisco letal del depredador de turno, los reptiles, al sentirse apresados por uno de sus depredadores naturales, se hacen los muertos, permaneciendo inmóviles. Y esta actitud, aparentemente inconsecuente, es una de las claves de la supervivencia, después de muchos millones de años, de varios de ellos. Y nuestro lagarto ocelado es un ejemplo perfecto. Al sentirse amenazados tratan de escapar. Si no lo logran y son asidos por la cola, se desprenden de ella. Y si finalmente son capturados no ofrecen la menor resistencia. Gracias a esta táctica, casi todos los lagartos que nos traía Vicu-Vicu llegaban intactos; alguna cola rota, a lo sumo. Era fácil convencer a la gata para que nos lo diera (en realidad, eran un presente para nosotros). Una vez en nuestra mano, el lagarto permanecía unos minutos quieto antes de aprovechar el menor descuido y echar a correr. Nuestra labor consitía en soltarlos en algún lugar más alejado, para evitar ser de nuevo capturados.

Perfectos y primitivos

Por nuestras manos han pasado lagartos grandes y pequeños, y eso nos ha permitido admirar de cerca su fascinante morfología. Lo que más llama la atención son las grandes manchas azules que adornan sus costados, más intensas y llamativas en época de celo. Y es que los lagartos, como la mayoría de los reptiles, utilizan el color para comunicarse. Las hembras carecen de ellas o tienen muy disminuidas estas manchas. En realidad la hembra del lagarto ocelado no pasa de ser una lagartija grandecita. El macho es el que adquiere un tamaño y belleza considerables.

Tienen dientes, efectivamente, como la mayoría de los lagartos. Pero son tan pequeños, que sólo los grandes ejemplares podrían hacernos sangre. El lagarto utiliza sus dientes sólo para sujetar.

Nuestro amigo dispone de multitud de pequeños detalles de diseño que acrecientan la admiración que por él sentimos. Por ejemplo: Sus costillas son móviles y le permiten aplanarse de tal modo que ofrezca una mayor superficie a los rayos solares en los días fríos. Su larga y fina cola se rompe voluntariamente no entre vertebras —como parecería lógico— sino en la mitad de una de ellas, lo que permite al tejido regenerarse fácilmente. Tienen buena vista, aceptable oído y muy buen olfato. Entonces, si son tan listos, ¿cómo se dejan capturar por Vicu-Vicu? Por amor, señores y señoras; por amor. En época de apareamiento, los lagartos exhíben sobre una roca su hermosa coloración para servir de reclamo a las hembras, y muy mal tienen que ver las cosas para abandonar esta liturgia. En algunos casos se les puede tocar sin que huyan. Esto es su perdición. El resto del año son animales tímidos y huidizos.

Cuando son jóvenes, se conforman con comer pequeños insectos; pero un hermoso lagarto ocelado de medio metro tiene buen apetito, y no le hace ascos a culebras, huevos, ratones y frutas caídas de los árboles.

Nuestro amigo lagarto pone hasta veinte huevos, que entierra cuidadosamente, Su cáscara es elástica al principio y se endurece unas horas después. Una vez puestos no les presta ninguna atención. Al cabo de tres meses nacen los lagartitos, en todo similares a sus padres.

Por si le interesan los datos curiosos, sepa que nuestros reptiles de hoy son de sangre fría. Esto quiere decir que no mantienen una temperatura estable —como hacen los mamíferos y las aves— sino que adoptan la temperatura ambiente. Pero esto no es del todo cierto, porque la mayoría de los lagartos son capaces de mantener una temperatura superior a la ambiente. No obstante, prefieren que el calor provenga del Sol que de su esfuerzo personal (lo que los acerca aún más a nosotros), por lo que cuando el tiempo no acompaña se duermen… y a otra cosa.

El milpiés

Es el primo amable del ciempiés. Imaginemos por un momento que medimos 5 cm y nos encontramos en algún rincón de nuestro jardín, cerca de una roca o un murete de piedra. De pronto, nos llega un rumor lejano, como un repiqueteo que poco a poco aumenta hasta convertirse en un estruendo continuo, un golpeteo de cientos de patas… Seguramente, si fuéramos tan pequeños, correríamos a buscar refugio imaginando al temible ejército que se abría paso entre el césped. Pero nuestra sorpresa sería mayúscula cuando viésemos aparecer a un único individuo, largo, negro y brillante que pasaría tranquila y acompasadamente a nuestro lado. Es un milpiés, un representante de los miriápodos totalmente inofensivo.

Dentro de los artrópodos terrestres, además de los insectos y los arácnidos, tenemos a los miriápodos. El término “miriápodo” significa “muchos pies” y se utiliza para designar a varias clases de artrópodos con mandíbulas, que comúnmente conocemos como ciempiés y milpiés. La diferencia básica para el observador inexperto consiste en que los ciempiés tienen el cuerpo aplanado, pican e inoculan veneno, mientras que los milpiés son redondeados y nada peligrosos.

Los milpiés son, por tanto, miriápodos con el cuerpo cilíndrico constituido por un número de 25 a 100 segmentos, y que se identifican fácilmente por presentar dos pares de apéndices en cada uno de ellos.

En la cabeza tienen un par de masas triangulares de ojos simples situadas detrás de las antenas. Su coloración es muy variable, aunque generalmente es oscura.

Los milpiés no son tan activos como los ciempiés. Se desplazan despacio ya que, salvo alguna especie carnívora, no tienen que capturar presas. Su alimento consiste en restos de materia vegetal y de animales, aunque algunas especies comen plantas vivas, lo que ocasiona destrozos en plantaciones como las de patata y remolacha. Sus movimientos son elegantes, no serpenteantes como los de los ciempiés. Viven en lugares oscuros y húmedos, bajo troncos o piedras, aunque hay especies propias de zonas áridas. Cuando son hostigados suelen hacerse una bola, segregando substancias repulsivas tóxicas mediante unas glándulas repugnatorias que poseen, aunque en ocasiones realizan violentas contorsiones que les permiten escapar de sus enemigos.

Tienen modificados los apéndices del séptimo segmento como órganos de cópula. En los dos sexos el orificio genital se abre ventralmente, existiendo un pene en los machos y una vulva en las hembras. La transmisión del esperma no la realiza el pene sino los gonópodos o apéndices locomotores adaptados. En la reproducción, el macho sujeta a la hembra mediante el primer par de patas y le introduce sus gonópodos llenos de esperma como si fueran una jeringuilla dentro de la vulva de la hembra.

Después del apareamiento los huevos son depositados en una oquedad en el suelo o en un nido fabricado por la hembra que los vigila cuidadosamente. Las larvas tienen un reducido número de anillos en el cuerpo y sólo un par de patas por segmento.

Por último, destacar una curiosidad. Algunas especies de milpiés parecen haber encontrado el elixir de la eterna juventud. A saber, en muchas especies de estos animales, los machos adultos mueren después de la cópula, pero curiosamente, en ocasiones, se produce un fenómeno, aún en estudio, que determina que los machos sigan viviendo y sufriendo nuevas mudas. La primera muda después de la cópula, hace que los individuos recuperen carácteres juveniles y después de la segunda muda el nuevo milpiés es aún más joven, generándose la capacidad de forman nuevos espermatozoides que preparan al nuevo individuo adulto para una nueva cópula, eso sí, como si fuera la primera vez. Lo mejor de todo es que este fenómeno puede repetirse varias veces. El secreto, como casi siempre, está oculto en los genes.

La cigüeña

Si hemos de hacer caso a nuestras abuelas, todos somos oriundos de París, de donde llegamos en vuelo regular a bordo de una cigüeña. En aquellos tiempos, este tipo de vuelos solían adelantarse (algo impensable hoy en día) y pillaban a papá y mamá en total y completo “deshabillé”. No sabemos si ha sido por su condición de “paquete bebé-express” o si dicha condición se debe a otro motivo, el hecho es que la cigüeña goza desde tiempo inmemorial del favor del pueblo. Es, casi, el animal sagrado de la civilización judeo-cristiana. A nadie se le ocurre hacer daño a una cigüeña (a casi nadie, que hay bestias para todo). Ni siguiera el más desaprensivo de los cazadores osa poner a semejante ave en su punto de mira: Por mal que se le haya dado la jornada de caza, ni se le pasa por la imaginación. ¿De dónde viene este carácter sagrado de un animal, en el país donde nada es sagrado?

Vidas paralelas

La “cigu” y el hombre han sido durante miles de años buenos amigos. Hace mucho tiempo, seguramente en el antiguo Egipto, alguien se dio cuenta de que, cuando se araba un campo o se recolectaba el cereal, ejércitos de cigüeñas realizaban una verdadera criba del terreno, paso a paso, comiendo insectos y roedores, considerados como dañinos. Esta actividad de limpieza debió resultar grata a los ojos de la sociedad, y se empezó a respetar al animal que tan concienzudamente la ejecutaba. Aún hoy, es fácil ver en campos de Castilla recién cosechados, verdaderos “rebaños” de cigüeñas comistrajeando todo lo que corre o salta de entre los rastrojos.
No conocemos de ninguna deidad egipcia representando a la “cigu”, pero eso no quiere decir que no existiera. No obstante, en lo referente a proteger las cosechas de los roedores, ya tenían al gato como deidad, al cual embalsamaban y momificaban una vez fallecido, con gran respeto y abnegación.

De caer en gracia… a ser gracioso

De animal útil se pasó con cierta facilidad a animal respetado, y de ahí a animal sagrado o legendario. La utilidad de la “cigu” perduró lo que perduraron las cosechas y las plagas. Pero, ¡ay!, todo termina, y a principios de siglo llegaron los pesticidas y los abonos, y la tierra redobló su producción de manera artificial y vertiginosa. Qué importaba que la cigüeña comiera saltamontes; esa labor ejecutoria la realizaba con mucha mayor eficacia el insecticida de turno. ¿Que unos ratoncillos han echado a perder una panocha? Es un daño irrelevante frente a las dos cosechas de maíz que tendremos este año gracias al fertilizante.

Y así, poco a poco, la cigüeña comenzó a ser molesta. No se la mataba, pero sus voluminosos nidos perjudicaban los edificios, y sus excrementos afeaban el atrio de la iglesia. Cada vez que se reformaba un tejado, se aprovechaba para quitar de en medio el nido de la “cigu”.
Otro animal habría dicho: ”Ahí os quedáis”. Pero la “cigu” es un ave que se empareja de por vida, y regresa año tras año a su nido “de siempre”. Nuestra pobre cigüeña, fiel entre las fieles, devota entre las devotas, al volver de África y encontrar que de su tejado había desaparecido el nido, quedaba perpleja y ese año perdía la pollada. Lentamente, la población de cigüeñas fue descendiendo hasta hacerse crítica, a mediados de los setenta.

¡Alarma!

La cigüeña está desapareciendo. ¿Quién traerá a nuestros niños de París? Porque en Iberia no podemos confiar…

El régimen de Franco, tan previsor en todo lo concerniente a la moral pública, podía haberse dado cuenta de que si faltaba la cigüeña, las mujeres tendrían que dar a luz, algo bastante embarazoso de explicar a los niños de la época (según el criterio de entonces). Pero no fue él quien invirtió el signo de los acontecimientos, sino la naciente conciencia ecológica de los españoles. De pronto nos dimos cuenta de que podíamos perder una compañera de viaje que siempre nos había sido útil y fiel. Comenzaron a hacerse estudios sobre el impacto que los nidos de cigüeña ejercían sobre tejados y campanarios y, —sorpresa— , se vio que era insignificante frente a otros agentes, como la humedad, el desarrollo de vegetación, la pudrición de vigas, el peso exagerado de cubiertas, etc. Y poco a poco, la “cigu” fue recuperando el terreno que nunca debió perder. Aprendimos a quererla por sí misma, y su papel de transportista de bebés pasó a un segundo plano frente a su único y verdadero yo: El de ser cigüeña.

La actualidad

Hoy veranean en España unas 35.000 cigüeñas. No son muchas, pero si una mejoría notable respecto a las 11.000 que lo hacían en 1981.

Su hábitat sigue invariable; son como esa gatita zalamera que, pudiendo elegir almohadones mullidos y suaves terciopelos, prefiere acurrucarse a ronronear justo bajo nuestra papada.

Nosotros, en Colmenarejo, tenemos nuestra pareja de cigüeñas, que cada año sacan adelante uno o más cigoñinos en su nido de la iglesia de Santiago. Y ya no hay más en todo el municipio. De todos los hábitats posibles, la “cigu” elige estar a nuestro lado. Y así, el lugar con mayor densidad de parejas siempre coincide con núcleos urbanos. Salamanca es uno de los más privilegiados, con cerca de 100 individuos. Pero si Salamanca sorprende, León apabulla. En sus campos “pacen” verdaderos rebaños de ciconiformes. Pero esto no es nada si lo comparamos con un pequeño pueblo de Cáceres, que ostenta el récord de cigüeñas. Baste decir que existen más “cigus” que habitantes tiene el lugar.

El futuro

Una vez recuperado el prestigio social, la “cigu” se enfrenta a otros problemas. Los tendidos eléctricos son, una vez más, el principal azote de estas aves. Su afición a rebuscar en los vertederos es un grave riesgo para ellas: Se envenenan, sufren accidentes con cuerdas y alambres, etc. La contaminación creciente de nuestros cauces fluviales y charcas es otro enemigo que ellas no son capaces de percibir a tiempo. El uso cada vez más abusivo de pesticidas termina con su despensa o, lo que es peor, la envenena.

Existen otros factores causantes de gran mortandad entre estas simpáticas aves. Aunque sorprenda, algunos pueblos africanos esperan con ansiedad la llegada invernal de la cigüeña a la que abaten por millares; algo parecido a lo que hacemos nosotros con los patos.

Algunos autores consideran que el coleccionismo de huevos y crías también merman de manera significativa a este ave. Recordemos que robar un huevo de cigüeña esta castigado con multa de 100.000 pesetas.

Si esto fuera un cuento para niños, atribuiríamos el récord negativo de natalidad en España a la situación de la cigüeña. Ningún investigador ha relacionado ambos acontecimientos, pero, ¿significa eso que verdaderamente no estén relacionados? La desaparición de las grandes chimeneas —por donde dejaban caer las “cigus” su preciada carga— también puede tener su influencia. Sea como fuere, nuestra existencia lleva demasiados años ligada a la de las cigüeñas como para pasar por alto su presencia.

Arañas

No conocemos su relación con las arañas (aunque no sería difícil de adivinar en la mayoría de casos) y no pretendemos que nazca entre ustedes una relación entrañable (que podría nacer). Nos conformamos con que lea este artículo y albergamos la esperanza de que, al menos uno de nuestros lectores, trate con más mimo a la próxima araña que se cruce en su camino. Para lograrlo vamos a contar la verdadera historia de las arañas.

No son insectos

Una definición “de andar por casa” sobre las arañas podría ser la de un insecto repugnante, peludo, venenoso y con ocho ojos, que cuelga de una tela.

Pues bien: las arañas no son insectos. Pertenecen, al igual que éstos, al gran filum animal de los Artrópodos, al que también pertenecen los Miriápodos (como los ciempiés) y los Crustáceos (gambas, centollos y otras exquisiteces). El mismo parentesco hay entre una cigala y una araña, que entre ésta última y una avispa. Y dentro de la clase de los Arácnidos, pertenecen al orden de las Arañas (éstas son con las que queremos entablar amistad); otro orden dependiente de los Arácnidos es el de los Escorpiones (con el que preferimos que no se relacione, porque algunos son muy venenosos, con una picadura no grave pero si muy dolorosa). Y aprovechamos para desmentir la creencia generalizada en algunas regiones Españolas de que cuanto más oscuro tanto más venenoso es es el escorpión. Lo cierto es que casi se podría afirmar lo contrario.

araña devorando abeja

Volviendo a las arañas, tampoco todas tienen glándulas venenosas, ni 8 ojos, ni tejen telas. Lo único cierto de la definición que abría esta sección es la referencia a su vellosidad. Los ojos pueden estar o no presentes, y si lo están pueden ser 2, 4, 6 u 8.

Pero lo que verdaderamente nos impresiona de la araña es su presunta peligrosidad. Pues bien, salvando algunas especies tropicales, la inmensa mayoría de las más de 50.000 especies de araña conocidas son absolutamente inofensivas para el hombre (“¿y si la que me quiere picar es de una especie desconocida?”). No pican, porque sus quelíceros son incapaces de atravesar la piel humana y, sobre todo, porque no quieren. Para una araña, usted es algo incalificable (no se ofenda). Desde luego no es comida, y la araña sólo pica a sus presas para disolverlas y “bebérselas”. Además, es un animal carente de agresividad, que si se ve acosada por usted, tratará de escapar corriendo o saltando (depende del susto que tenga) y si la acorrala, se hará la muerta, encogiendo sus patas. Nunca le clavará sus quelíceros, pero aunque lo hiciera, usted no se enteraría porque muy pocos venenos de araña afectan al hombre.

A mí me han picado

Sabemos que no lo vamos a convencer fácilmente, porque seguro que conoce alguien al que una vez picó una araña y estuvo varios días… Cada vez que advertimos un buen picotazo, con hinchazón y dolor, se lo atribuimos a una araña. Lo cierto es que avispas y abejas no son los únicos insectos capaces de producir picaduras serias; Theobaldia annulata, un mosquito bastante frecuente, tiene una picadura muy dolorosa. La diferencia entre las arañas y estos insectos de los que hablamos, es que estas especies sí utilizan su picadura como defensa o bien —como en algunos casos— porque estamos incluidos en su dieta habitual.

Ya no las temo, pero siguen sin gustarme

El bisabuelo de un socio de Proyecto Verde, destinado largos años en ultramar, se trajo, al volver a España, una hermosa araña (venenosa) del tamaño de un puño que convivió durante mucho tiempo con la familia, campando a sus anchas por la casa y alimentándose de ratoncillos, cucarachas y otros bichitos que, al parecer, tenían menos predicamento entre los familiares que ella misma. Hasta que un día alguien la pisó sin querer.

Las arañas juegan un papel muy importante en el control de insectos, ya que todas ellas son depredadoras eficaces de moscas, mosquitos, cucarachas, etc. No son glotonas, pero su número en la naturaleza es tan elevado que su influencia en el control de poblaciones se supone muy importante. La mayoría son de costumbres nocturnas y en ellas los ojos no tienen mucha utilidad, fiándose más de sus pelos táctiles para desplazarse y cazar. No suelen atreverse con presas mayores que ellas excepto las que cazan con tela, ya que es la propia tela quien realiza las capturas.

Como ve, no hay razón para tenerles ese pánico. Son tranquilas, tímidas, incluso cobardicas. Vamos, que no las imaginamos atentando contra el rey de la creación.

El abejorro

Domingo, 12 de la mañana, hora de Greenwich. Urbanización Las Quirogas, (Colmenarejo). La familia Benítez está en el jardín. La madre, subida a una silla, está cortando algunas rosas para adornar el salón. El padre, recostado en una tumbona, lee el Marca mientras se bebe una cerveza. El niño, sentado en su orinal con forma de pato, se entretiene despachurrando cuantas hormigas pasan frente a él. El silencio es total, apenas interrumpido por el suave zumbido de algún insecto.De repente, Manolito deja de hacer fuerza, olvida a las hormigas y gira la cabeza. También su padre ha percibido algo y levanta la vista del periódico. Un ligero temblor sacude la columna vertebral de la madre y la piel de sus hombros se torna de gallina clueca.

Procedente del parterre de petunias, un rumor sordo preludia la tragedia. En un momento, el rumor se torna estruendo, y se aproxima a gran velocidad. La madre, angustiada, mira a su hijo. Manolito, asustado, gira tanto la cabeza que pierde el equilibrio y rueda por el suelo. La madre se tambalea y cae sobre el pato, que vuela por el aire, lanzando a los cuatro vientos el producto de la esforzada tarea del niño. El padre, viendo venir hacia él semejante lluvia, suelta la cerveza, tira el periódico y trata de levantarse para huir, pero ya es demasiado tarde y cae al suelo, junto a su mujer, su hijo, el pato y lo que queda del trabajo de Manolito. Asustados y aturdidos se miran unos a otros:

¿Qué ha sido eso?, balbucean.

Simplemente, ha pasado un Bombus.

Muy beneficioso

El simpático abejorro que ha sembrado el pánico en casa de la familia Benítez, es un insecto pacífico, incansable libador de néctar, al que solemos ver atiborrado de pólen. Llegan a cargar el 60% de su peso, lo que es muy considerable si tenemos en cuenta que deben poder volar con dicha carga. Por eso, en ocasiones, tenemos la sensación de que les cuesta levantar el vuelo de la flor, emitiendo un zumbido ronco y pesado que denota unos motores a pleno rendimiento.

El Bombus —su nombre científico le viene al pelo— pasa de nosotros. Aunque posee un aguijón como sus hermanas las abejas, es muy raro que pique, porque es enormemente tranquilo. Si lo hace, su picadura no es peor que la de su pariente, aunque su aspecto haga pensar lo contrario. No es ésta la única similitud con la abeja. Se trata, como ella, de un insecto sociable, que forma colonias —aunque mucho más reducidas— que fabrica cera y miel, y que colabora en la polinización en gran medida por lo que debe ser respetado y protegido. Pero la vida del bombus tiene ciertas particularidades.

Bajo tierra

El ciclo anual de nuestro abejorro comienza con una hembra, que podríamos llamar reina. Ella es la única de la colonia que sobrevive al invierno, recogida en su madriguera. Hemos dicho bien; madriguera. Cuando llegaron los primeros fríos, el resto de individuos comenzaron a morir mientras ella salió a buscar un nuevo nido, generalmente una madriguera abandonada de ratón o topo. En ella transcurre el invierno, dormida. Al llegar la primavera, despierta y durante varias semanas, se dedica a acondicionar el nido con trocitos de musgo, hierba seca, madera… y con ellos forma una bola. Cuando la ha terminado, sale a recolectar una gran carga de néctar y pólen, con los que fabrica el llamado “pan de abeja” que deposita en su bola.

Entonces pone unos cuantos huevos (no más de doce) y recubre todo con una capa de cera. También con cera fabrica un tejadillo para proteger el conjunto. Finalmente, moldea un recipiente que rellena con miel por si vienen días lluviosos y no puede salir a recolectar. A continuación se coloca sobre los huevos, dándoles calor, hasta que eclosionan. Las larvas se alimentan del “pan de abeja” y en quince días ya son unas mocitas listas para salir al mundo. Toda la camada son obreras, estériles. La reina seguirá poniendo más huevos, y las nuevas obreras serán cada vez más y más grandes. Al llegar el otoño, de los huevos emergen machos y hembras fértiles (reinas), que después de aparearse buscarán un nuevo lugar para invernar y así continuar el ciclo.

Otros hábitos

Aunque la mayor parte de abejorros llevan la vida que acabamos de describir, algunos anidan en los árboles, aprovechando nidos de ave abandonados. Pero la mayor parte de Bombus son cavernícolas, formando colonias subterráneas que pueden llegar a los 300 individuos. De manera que si ve un agujerito en el suelo cuídese de juguetear con un palito o puede llevarse un buen susto.

La culebrilla ciega: temor infundado

Desde tiempos remotos, los reptiles han sido considerados animales perjudiciales, que traían mala suerte o simplemente desagradables a la vista. Este enorme error nace, entre otras causas, del desconocimiento de este grupo animal, que muy lejos de ser dañino es por el contrario beneficioso para el hombre. Hace doscientos ochenta millones de años aparecieron, evolucionando a partir de los anfibios, este grupo de vertebrados que no dependen del agua, no poseen mecanismos eficaces para regular su temperatura corporal, y ponen huevos con cáscara más o menos dura, donde el embrión está protegido además por capas protectoras aislantes.

Gracias a todo, esto los reptiles logran colonizar los más variados medios terrestres y se convierten en el grupo más importante sobre la Tierra durante doscientos millones de años.

En el Jurásico, hace ciento cincuenta millones de años, el clima fue suave y con pocas variaciones, además no existían las aves ni los mamíferos, por lo que los reptiles eran los amos del mundo.

Hace ochenta millones de años, al final del Cretácico, se produjo un enfriamiento de la tierra y el clima empiezó a variar, con lo que se extinguieron numerosas formas reptilianas, quedando sólo como pálido reflejo de su anterior esplendor, los grupos que han perdurado hasta la actualidad.

Llegamos así a uno de los reptiles menos conocidos, la culebrilla ciega (Blanus cinereus), que constituye un endemismo ibérico, siendo la única especie de su familia presente en toda Europa. La familia se llama anfisbénidos y son conocidos en inglés como lagartos vermiformes y en castellano como culebrillas ciegas. Tienen características anatómicas que los emparentan con lagartos y serpientes, sobre todo con los primeros, pero tienen aún más que los distancian. Los anfisbénidos son reptiles muy especializados, ya que viven adaptados a la vida subterránea y presentan un aspecto parecido a una lombriz de tierra. El nombre de la familia significa “andar por los dos lados”, lo que nos indica su peculiar capacidad para desplazarse, hacia adelante como hacia atrás. Abundan sobre todo en Sudamérica y África tropical.

La culebrilla ciega tiene el cuerpo alargado y cilíndrico de diámetro casi uniforme, está anillada exteriormente y no tiene patas. Mide hasta 30 cm , pero generalmente es más pequeña. Los ojos los tiene reducidos y aparecen como manchas negras debajo de la piel. Carecen de tímpano y tienen el olfato muy desarrollado.

A primera vista parece una lombriz gorda y rechoncha, pero si nos fijamos observamos que su cuerpo anillado presenta escamas pequeñas cuadrangulares y en su cabeza observamos claramente su boca y la lengua bífida característica de lagartos y ofidios. Tiene color variable pero siempre tiene un tinte rosado o violeta, con la parte inferior del cuerpo más clara que el dorso.

Esta especie se observa muy rara vez desplazándose sobre el suelo, aunque durante lluvias intensas puede subir a la superficie, al igual que al caer la tarde o por la noche, momentos éstos que aprovecha para alimentarse. Normalmente se encuentra bajo piedras y troncos donde haya algo de humedad y tanto en suelos con mucho humus como en suelos arenosos. Se ha encontrado con frecuencia en pinares y en zonas de cultivo.

Su alimentación se basa en insectos (escarabajos, tijeretas, hormigas), arácnidos (arañas) y crustáceos, (cochinillas de humedad), así como larvas y huevos de todos ellos.

Entre sus depredadores están otros reptiles como la culebra bastarda, y aves rapaces como el cernícalo común y el ratonero.

A pesar de ser una especie difícil de estudiar por su modo de vida, se sabe que en época de sequía permanece aletargada en el interior de la tierra, pudiendo incluso permanecer oculta de junio a noviembre, si la falta de humedad es extrema. Con las lluvias primaverales, se pueden observar numerosos individuos conviviendo bajo la misma piedra y acompañados en muchas ocasiones por escarabajos y por la lagartija cenicienta. Tras el apareamiento, la hembra pone un solo huevo de hasta 3 cm de longitud.

La podemos encontrar en la mayor parte de la Península Ibérica, excepto en la zona norte de Galicia, Cordillera cantábrica, Cataluña y Pirineos. Y, por supuesto, en nuestro pueblo. Hace no mucho, una amable señora nos llamó alarmada porque al retirar la hiedra de una jardinera aparecieron multitud de culebras. Eran culebrillas ciegas. Esta señora vive a menos de 20 metros del Centro Cívico.

Mucha gente siente repulsión o cierta prevención hacia la mayoría de los reptiles. En este caso, la culebrilla ciega, como todos los reptiles de la Península Ibérica, excepto la víbora, son inofensivos, y tan sólo pueden en el peor de los casos darnos un mordisquito. Ni son venenosos, ni traen mala suerte. Mala suerte tendremos, si alteramos irreversiblemente el medio natural, destruyendo sin sentido, alguno de sus componentes.

Las efímeras

Las efímeras, efémeras o cachipollas, son insectos totalmente inofensivos del orden efemerópteros. Su tamaño varía desde menos de 1 mm hasta 4 cm y presentan dos o tres “colas” características al final del abdómen. Otra peculiaridad de este grupo son sus alas, finas y delicadas, que siempre mantienen en posición vertical al cuerpo. Son incapaces de plegarlas y, en general, son poco funcionales, dejándose arrastrar, durante su corta vida de adultos, por el viento. Las alas posteriores siempre son menores que las anteriores y, en ocasiones, llegan incluso a desaparecer. Vuelan mal y no tienen colores llamativos, predominando el color pardo y el amarillo.

Tienen antenas cortas lo que las diferencia de otros insectos parecidos, como las frigáneas y las crisopas.
Pero sin duda los que mejor conocen a estos insectos no son los entomólogos aficionados, sino los pescadores de caña. En los catálogos de cebos artificiales a las efímeras se les llama “moscas de agua”, ya que pasan gran parte de su vida asociadas al agua y son parte importante de la dieta de muchos peces.

En algunos países europeos se les llama también “moscas de mayo” a pesar de que las podemos encontrar durante todo el verano acercándose a las luces de nuestros jardines.

Cuando llega el momento de la reproducción, los machos forman grandes grupos alrededor del agua y las hembras que se acercan, son sujetadas por los machos con sus patas anteriores, que son relativamente largas y frágiles y que utilizan casi exclusivamente para el apareamiento, que se lleva a cabo en el aire, y para sostenerse débilmente sobre la vegetación.
A cabo de una hora, las hembras inician la puesta de los huevos, de uno en uno o en grupos, dejándolos caer al agua o incluso descendiendo al agua para depositarlos.

Una vez acabada la reproducción las efímeras mueren, sirviendo de alimento a peces, golondrinas, murciélagos o libélulas.
La vida de los individuos adultos es muy corta y su nombre así lo indica (en griego ephemeros significa que vive un día). No se alimentan y su única finalidad es la de reproducirse con éxito. Algunos adultos de ciertas especies surgen al atardecer y mueren al amanecer, otros viven hasta una semana.

De los huevos surgen las larvas, denominadas ninfas, que se parecen mucho al estado adulto. Estas ninfas tienen hábitats preferentes según las especies, así, unas excavan galerías en el fango de las charcas, otras viven en la vegetación acuática y otras adheridas a las rocas del fondo del río. Son indicadores de la buena salud de las aguas, ya que viven en aguas dulces limpias.

Las ninfas pueden vivir hasta dos años mientras se desarrollan como adultos, son básicamente herbívoras, aunque algunas especies no desdeñan alimento animal. Respiran por branquias laminares que salen por los lados del abdomen. Pueden mudar hasta 25 veces hasta alcanzar el estado adulto.

La ninfa final previa al adulto, deja de comer, trepa por un tallo o nada hasta la superficie y se transforma en el adulto alado, conocido por los pescadores como “bayo”. Este individuo busca rápidamente un lugar donde descansar y en pocos minutos muda de nuevo y se convierte en el adulto definitivo.

Si tenemos la suerte de tener una charca en nuestro jardín podremos observar al completo el curioso ciclo de vida de estos insectos.

El erizo: entrañable felpudo

Nuestro pequeño protagonista es un ser crepuscular, y esto, unido a sus costumbres silenciosas y solitarias, nos hace pensar que es más raro de lo que realmente es. El erizo común (Erinaceus europaeus) es un mamífero insectívoro de pequeño tamaño, entre 20 y 30 cm, con el cuerpo rechoncho armado de púas que le dan un aspecto inconfundible. Estas púas, que pueden alcanzar 3 cm, son pelos transformados que constituyen su principal medio de defensa, tan efectivo que les evita tener que huir ante el peligro. Cuando se sienten amenazados se enrollan sobre sí mismos a modo de bola, gracias a su potente musculatura, confiriéndoles una notable inexpugnabilidad frente a sus depredadores.

La coloración del cuerpo es parda aclarándose hacia los flancos y el vientre, el hocico es puntiagudo y las patas y la cola muy cortas. Se diferencia del erizo moruno por su mayor tamaño y por su distribución más septentrional.
Los erizos son una especie que habita principalmente en zonas arbustivas con árboles de hoja caduca, aunque podemos encontrarlos en zonas de pastizal o campiñas, más concretamente viviendo al amparo de los setos que delimitan parcelas de terreno.

Es un animal onmívoro que basa su alimentación en los invertebrados (escarabajos, larvas de insectos, lombrices y caracoles) lo que les hace grandes aliados de la agricultura. Cuando escasea la comida no desprecia pequeños vertebrados como anfibios o reptiles e incluso huevos y pollos de aves, incluso no hace ascos a frutos que caen maduros al suelo.
La actividad de este curioso mamífero se centra en las horas nocturnas durante las que campea por su territorio en busca de alimento.

Aunque son activos durante la primavera y el verano, la mejor época para poder observarlo es el otoño, ya que en esta estación se encuentran muy ocupados alimentándose vorazmente para acumular grasas para su hibernación. Los erizos se aletargan en invierno cuando las temperaturas están por debajo de los 10ºC, momento en el que buscan refugio entre la vegetación tupida, troncos amontonados, grupos de piedras o madrigueras de otros animales.

La época de reproducción puede variar en la península dependiendo de las condiciones climáticas, pero generalmente en abril ya se pueden encontrar camadas. Los pequeños erizos vienen al mundo ciegos, con sus púas blandas y de color blanquecino, en un nido construido por la hembra. Se alimentan de la leche materna durante un mes, momento a partir del cual ya se pueden independizar.

El erizo cuenta con numerosos enemigos, sobre todo en sus primeros meses de vida. Zorros, tejones y perros pueden llegar a abrir su pequeña fortaleza, al igual que algunas águilas y el búho real.

El hombre también incide sobre su mortalidad ya que por un lado los cazadores le han perseguido en algunas regiones por el hecho de ingerir ocasionalmente huevos y pollos de algunas aves cinegéticas, a pesar de que los daños a la caza menor debidos al erizo son ínfimos. De igual modo, en el País Vasco y Portugal se ha cazado tradicionalmente para hacer un guiso al que se le atribuyen propiedades curativas. En cualquier caso, la captura directa de erizos por el hombre no supone ningún riesgo para sus poblaciones. Otra cuestión son los atropellos en la carretera y los pesticidas, que suponen dos de las principales causas de su mortalidad, tanto, que en algunos países europeos ya se le considera como una especie rara, mientras que hace unos años era una especie de lo más común. Los atropellos se producen en primavera y verano y las víctimas son, como ocurre en todas las especies, los más jóvenes, a los que además de su torpeza al andar se les suma su inexperiencia.

Los erizos abundan en la actualidad en parques y jardines de zonas edificadas. En Colmenarejo ha sufrido un retroceso en sus poblaciones, aunque todavía podemos verle. Si escuchamos en silencio, quizá oigamos sus ronquidos al dormir, los graznidos de las crías y los silbidos de las madres llamando a sus pequeños hijos.

La lechuza

Una cara así no se ve todos los días, y quien la ha visto no la olvida jamás. La lechuza está presente en toda nuestra geografía, ocupando campanarios, ruinas y casas deshabitadas, pero sólo sale de noche, a pesar de lo cual, es blanca. La naturaleza siempre es sorprendente: la lechuza, cazadora nocturna e implacable, es blanquecina, mientras que cuervos y cornejas son diurnos y negros como el carbón. Pero todo tiene su explicación. Los cuervos y las cornejas lo que no quieren es que los depredadores les vean durante la noche, momento en que son totalmente vulnerables. Y a nuestra lechuza le sucede lo contrario: no quiere ser vista durante el día. Y el mejor color para pasar desapercibida entre las vetustas piedras de sus campanarios es el blanquecino, similar al granito. Que la vean de noche le preocupa menos, como a esos futbolistas discolos que hacen ostentación ante los “paparazzis” de sus salidas nocturnas y alevosas. Además, su comida favorita y casi única comida, no suele mirar al cielo mientras rebusca semillas entre la hojarasca. Nos referimos, claro está, al pobre ratón. Y es que nuestra lechuza, en época de cría, caza más ratones que el más avispado de los gatos. Se han contabilizado más de un centenar de capturas al mes para una familia de lechuzas compuesta por papá, mamá, y cinco lechucitos. Este hábito alimentario, unido a su nocturnidad, ha permitido a la lechuza cohabitar con el hombre sin ser apenas molestada. Gracias a ello, es una rapaz nocturna todavía abundante.

Ratones y más ratones

Los ratones en el medio natural son como las hamburguesas en el medio americano: todo el mundo se las come. Nuestra lechuza no iba a ser menos y es una experta cazadora de ratones. Prácticamente no come otra cosa. Y no es que hayamos realizado una encuesta entre los restaurantes cercanos al domicilio de la Sra. Lechuza. Lo hemos sabido por el estudio que los ornitólogos hacen de las egagrópilas. Esto, las egagrópilas, son algo que en el mundo de los humanos conocemos con nombres menos conspicuos:vómito, pota, regurgitación, papilla… Las aves tienen un sistema de eliminación de residuos peculiar, con una cloaca que recoge juntos los productos excretados por el riñón y los desechos producidos por el aparato digestivo. De ahí que las aves parezcan tener siempre colitis. Si nosotros juntásemos todo lo que hacemos al cabo del día y lo batiésemos… en fin, mejor no entremos en detalles. El hecho es que muchas cosas de las que comen no las pueden digerir y las expulsan por la boca en forma de bolas con aspecto de heces pero sin serlo: las egagrópilas.
El estudio de las egagrópilas pone de manifiesto la dieta del ave que la ha expulsado. Y como se encuentran fácilmente a la puerta del nido el trabajo es cosa de niños… siempre que se sepa distinguir los huesecillos de un ratón de los de un lirón o una musaraña o una lagartija, etc. Todo esto era para explicar que nuestra amiga la lechuza se alimenta exclusivamente de ratones. Pero la vida es verdaderamente cruel, y hay años en que el alimento de los ratones —las semillas y frutos secos— escasean. Y, por tanto, las familias de ratones dejan de ser numerosas. Al faltar las “hamburguesas” las lechuzas reducen su número de crías y se ven en la necesidad de variar la dieta. Muy a su pesar, alternan la carne de mamífero con la de ave y no hacen ascos a algún polluelo que haya caído del nido de alguna mamá distraída. Pero son excepciones. Lo habitual es la planificación familiar: puedo pagar siete colegios: pues tengo siete lechucitos; puedo pagar sólo cuatro, pues cuatro tengo.

El buey es de donde pace…

Las jóvenes lechuzas, después de 34 días en el huevo y ocho semanas en el nido, emprenden un nuevo proyecto vital alejadas de sus progenitores. Un día, alzan el vuelo del hogar familiar para no volver jamás (más de uno se estará preguntando por qué no habrá tenido hijos lechuza). Recorren enormes distancias en busca de lugares donde los ratones abunden, y cuando encuentran un sitio así, allí fijan su residencia para el resto de su vida. Buscan pareja y crean una familia. Esta búsqueda compulsiva del ratón, provoca situaciones en ocasiones dramáticas… En un lugar se ha desatado una plaga de ratones. Ante tal abundancia, totalmente excepcional, centenares de lechuzas jóvenes deciden fundar allí su hogar. Al principio la comida abunda y las familias crecen y crecen, pero pronto ellas mismas acaban con la plaga y la población de ratones se estabiliza, siendo incapaz de alimentar a tal cantidad de lechuzas. Para ellas su hogar es ese, y prefieren morir de hambre antes que buscar uno nuevo.

Horas bajas

Pero no es esto lo peor. Muchas veces, esta proliferación estacional de roedores, se da durante primaveras especialmente cálidas de países habitualmente fríos, como Rusia o centroeuropa. Cuando llega el invierno, no sólo han terminado las lechuzas con los roedores sino que la nieve cubre por completo la campiña. La lechuza, animal acostumbrado a climas más benignos, sin comida y sin abrigo, muere. Por eso es difícil encontrarla más allá de Alemania.
Si el gato permitió el florecimiento de la agricultura en el Egipto de los faraones merced a su implacable lucha con los roedores, la lechuza ha hecho otro tanto en los países mediterráneos. Pero, mientras al gato le momificaban a su muerte y era enterrado en la mastaba con grandes honores, la lechuza pasa desapercibida; sólo una sombra blanca que se mueve en la noche.
En Colmenarejo es muy escasa. Se la ha visto en contadas ocasiones y no se cree que aniden más de dos parejas en todo el término municipal.

Mantis religiosa

mantis

La mantis es uno de esos animales asombrosos y fascinantes que ha tenido la desgracia de dar a conocer sus costumbres gastronómico-sexuales a un mundo básicamente machista. Algunas especies de mantis, como muchas especies de arañas e incluso algún que otro vertebrado, tiene cierta tendencia a comerse al macho después de la cópula. Esto es todo. Y de aquí hemos sacado una fama de “mujer fatal” e insecto malvado que la persigue a todas partes y produce un escalofrío en aquellos varones que la observan por vez primera:

— “¡Cómo es capaz de una cosa así!
— ¡Qué frialdad la suya, después de una noche de amor…!
— Seguro que la madre de él ya se lo había advertido.
— Si, probablemente… porque el padre… el pobre…
— Y ahora, ¿quién va a pagar el colegio de los niños?

Cogemos las reglas y leyes de nuestro mundo humano y las extrapolamos al reino animal con una facilidad pasmosa. Lo que es bueno para nosotros es bueno para todos; y lo que es malo… Y claro, comerse al padre de sus hijos, al que paga el colegio, eso es imperdonable. Pero, ¿y si sucediera al revés? ¿Y si el macho se comiera a la hembra?

La sabia naturaleza

Esta pregunta se contesta por sí sola: el macho no puede comerse a la hembra después de la cópula porque, sencillamente, la especie desaparecería. De manera que esta “horrible crueldad” no entra en los planes del varón-animal. Ahora bien, se puede merendar a la hembra después de haber parido, o puede comerse a sus hijos, lo que desde un punto de vista ético es muchísimo peor. Y estas cosas sí las hacen los machos de muchas especies. Es corriente que machos solitarios de león acaben con la vida de la prole de una leona, con objeto de lograr que entre de nuevo en celo y pueda ser fertilizada con sus genes. Si lo hace el rey de la selva, figúrese los súbditos. Ejemplos los hay a cientos. De manera que lo dramático de una mantis no es que se meriende al cónyuge, sino que el “merendado” sea un santo varón. Es decir: puro machismo.

La otra cara de la historia

Lo mire como lo mire la cosa no es tan dramática. Para quitarle hierro al asunto, recordaremos que el adjetivo de “religiosa” que se aplica a nuestra mantis, viene de la postura semierguida que suele mantener, con las patas delanteras levantadas y unidas, como si rezara. ¡Y vaya si tiene motivos para rezar por su alma!

La mantis suele comerse al macho después de copular, es cierto; pero solo en determinadas especies y en determinadas circunstancias. Este tentempié garantiza que los embriones podrán desarrollarse sanos sin que su madre tenga que salir a buscarse la vida recién terminado el escarceo amoroso. Desde un punto darwiniano o evolucionista, se trata sin duda de un anacronismo, ya que por muy supermacho que sea el Sr. Mantis, sólo va a poder dejar sus genes en una única prole. Algo distinto a lo que sucede en el resto del reino animal, incluido el humano: si eres guapo, rico y con dinero, es fácil que las chicas saturen tu móvil y, si no tienes cuidado, acabes por dejar descendencia aquí y allá. En el mundo animal esto es todavía más patente.

Sin embargo, la mantis pasa de estas tendencias evolucionistas y entra más de lleno en la psicología conductista:

“Me has hecho tuya —dice la mantis a su macho— y te prefiero antes muerto que de otra”.

Él replica, angustiado:

“Por dios, no pienses sólo en ti; ten presente la supervivencia de la especie; mis genes son de primera y deben llevarlos cuantos más descendientes mejor”

“Tus genes son de primera y por eso de aquí no salen. ¡A merendar!”

Otras formas de canibalismo

Zanjemos este asunto, recordando que en nuestro mundo también hay devoradoras de hombres —aunque pocas—. Más abundantes son las mujeres que te consumen poco a poco (la lentitud en la ingesta permite varias cópulas) y las hay incluso que antes de haber hablado para nada de la cópula, ya te han comido el seso. De manera que dejemos a las mantis con sus costumbres y pasemos a otro tema.

Una vivencia personal

Mi primera experiencia con las mantis fue sobrecogedora y a ella nos vamos a remitir. Ocurrió cierto día de primavera. Estabamos disfrutando con un amigo de un día de descanso en el jardin. Era mediodía, hacía calor y decidimos salir a tomar una cerveza al porche mientras degustabamos el espléndido espectáculo que brindaba un macizo de margaritas gigantes. Cierto ruido extraño se solapaba a la conversación. Un ruido no identificado, mitad aleteo de insecto, mitad crujido. Dejamos de hablar para tratar de determinar origen y naturaleza del sonido. Provenía del grupo de margaritas. Nuestro amigo se acercó, como lo hace el zoom de una cámara de vídeo. Primero enfocó un grupo de flores; el sonido le llevó a una en concreto y en ella localizó una avispa agitando furiosamente sus alas pero sin moverse de la flor. ¿Qué impedía volar a aquel insecto y que era ese otro ruido constante y cercano? Se aproximó aún más y pudo sorprender en su camuflaje a una gran mantis, que sujetaba firmemente entre sus patas delanteras una avispa a la que estaba devorando lentamente, sin prisa, masticando cuidadosamente cada bocado, emitiendo un sonido claramente perceptible de masticación, que se solapaba al zumbido de las alas de la avispa, conformando una melodía aterradora de muerte e impotencia.

En aquel macizo vivían varias mantis; luego conocimos otras especies diferentes y finalmente pasamos del horror a la comprensión. Ahora las tomamos entre nuestros dedos y permitimos que evolucionen por nuestro brazo, nuestra espalda, haciéndonos cosquillas en la oreja como si se tratáse de un jilguero.

Respetemos la biodiversidad

Las mantis son animales perfectamente diseñados para alimentarse de insectos voladores. Su camuflaje es tal que si cierras los ojos por unos instantes después de haberla localizado entre la vegetación, al volver a abrirlos no serás capaz de distinguirla. Por fortuna para ella, suele pasar desapercibida, excepto en ciertas épocas en que necesita buscar pareja. Entonces levanta un torpe vuelo nocturno y busca la luz, como casi todos los insectos. En esos días es fácil tropezar con una, encontrarla junto al farol de la entrada o en el suelo. Tomémosla con cuidado y llevémosla a algún lugar del jardín rico en flores. Allí pasará desapercibida, vivirá su vida —la sexual y la otra— y no nos hará ningún daño; más bien todo lo contrario.