Desde tiempos remotos, los reptiles han sido considerados animales perjudiciales, que traían mala suerte o simplemente desagradables a la vista. Este enorme error nace, entre otras causas, del desconocimiento de este grupo animal, que muy lejos de ser dañino es por el contrario beneficioso para el hombre. Hace doscientos ochenta millones de años aparecieron, evolucionando a partir de los anfibios, este grupo de vertebrados que no dependen del agua, no poseen mecanismos eficaces para regular su temperatura corporal, y ponen huevos con cáscara más o menos dura, donde el embrión está protegido además por capas protectoras aislantes.
Gracias a todo, esto los reptiles logran colonizar los más variados medios terrestres y se convierten en el grupo más importante sobre la Tierra durante doscientos millones de años.
En el Jurásico, hace ciento cincuenta millones de años, el clima fue suave y con pocas variaciones, además no existían las aves ni los mamíferos, por lo que los reptiles eran los amos del mundo.
Hace ochenta millones de años, al final del Cretácico, se produjo un enfriamiento de la tierra y el clima empiezó a variar, con lo que se extinguieron numerosas formas reptilianas, quedando sólo como pálido reflejo de su anterior esplendor, los grupos que han perdurado hasta la actualidad.
Llegamos así a uno de los reptiles menos conocidos, la culebrilla ciega (Blanus cinereus), que constituye un endemismo ibérico, siendo la única especie de su familia presente en toda Europa. La familia se llama anfisbénidos y son conocidos en inglés como lagartos vermiformes y en castellano como culebrillas ciegas. Tienen características anatómicas que los emparentan con lagartos y serpientes, sobre todo con los primeros, pero tienen aún más que los distancian. Los anfisbénidos son reptiles muy especializados, ya que viven adaptados a la vida subterránea y presentan un aspecto parecido a una lombriz de tierra. El nombre de la familia significa “andar por los dos lados”, lo que nos indica su peculiar capacidad para desplazarse, hacia adelante como hacia atrás. Abundan sobre todo en Sudamérica y África tropical.
La culebrilla ciega tiene el cuerpo alargado y cilíndrico de diámetro casi uniforme, está anillada exteriormente y no tiene patas. Mide hasta 30 cm , pero generalmente es más pequeña. Los ojos los tiene reducidos y aparecen como manchas negras debajo de la piel. Carecen de tímpano y tienen el olfato muy desarrollado.
A primera vista parece una lombriz gorda y rechoncha, pero si nos fijamos observamos que su cuerpo anillado presenta escamas pequeñas cuadrangulares y en su cabeza observamos claramente su boca y la lengua bífida característica de lagartos y ofidios. Tiene color variable pero siempre tiene un tinte rosado o violeta, con la parte inferior del cuerpo más clara que el dorso.
Esta especie se observa muy rara vez desplazándose sobre el suelo, aunque durante lluvias intensas puede subir a la superficie, al igual que al caer la tarde o por la noche, momentos éstos que aprovecha para alimentarse. Normalmente se encuentra bajo piedras y troncos donde haya algo de humedad y tanto en suelos con mucho humus como en suelos arenosos. Se ha encontrado con frecuencia en pinares y en zonas de cultivo.
Su alimentación se basa en insectos (escarabajos, tijeretas, hormigas), arácnidos (arañas) y crustáceos, (cochinillas de humedad), así como larvas y huevos de todos ellos.
Entre sus depredadores están otros reptiles como la culebra bastarda, y aves rapaces como el cernícalo común y el ratonero.
A pesar de ser una especie difícil de estudiar por su modo de vida, se sabe que en época de sequía permanece aletargada en el interior de la tierra, pudiendo incluso permanecer oculta de junio a noviembre, si la falta de humedad es extrema. Con las lluvias primaverales, se pueden observar numerosos individuos conviviendo bajo la misma piedra y acompañados en muchas ocasiones por escarabajos y por la lagartija cenicienta. Tras el apareamiento, la hembra pone un solo huevo de hasta 3 cm de longitud.
La podemos encontrar en la mayor parte de la Península Ibérica, excepto en la zona norte de Galicia, Cordillera cantábrica, Cataluña y Pirineos. Y, por supuesto, en nuestro pueblo. Hace no mucho, una amable señora nos llamó alarmada porque al retirar la hiedra de una jardinera aparecieron multitud de culebras. Eran culebrillas ciegas. Esta señora vive a menos de 20 metros del Centro Cívico.
Mucha gente siente repulsión o cierta prevención hacia la mayoría de los reptiles. En este caso, la culebrilla ciega, como todos los reptiles de la Península Ibérica, excepto la víbora, son inofensivos, y tan sólo pueden en el peor de los casos darnos un mordisquito. Ni son venenosos, ni traen mala suerte. Mala suerte tendremos, si alteramos irreversiblemente el medio natural, destruyendo sin sentido, alguno de sus componentes.
Las efímeras, efémeras o cachipollas, son insectos totalmente inofensivos del orden efemerópteros. Su tamaño varía desde menos de 1 mm hasta 4 cm y presentan dos o tres “colas” características al final del abdómen. Otra peculiaridad de este grupo son sus alas, finas y delicadas, que siempre mantienen en posición vertical al cuerpo. Son incapaces de plegarlas y, en general, son poco funcionales, dejándose arrastrar, durante su corta vida de adultos, por el viento. Las alas posteriores siempre son menores que las anteriores y, en ocasiones, llegan incluso a desaparecer. Vuelan mal y no tienen colores llamativos, predominando el color pardo y el amarillo.
Nuestro pequeño protagonista es un ser crepuscular, y esto, unido a sus costumbres silenciosas y solitarias, nos hace pensar que es más raro de lo que realmente es. El erizo común (Erinaceus europaeus) es un mamífero insectívoro de pequeño tamaño, entre 20 y 30 cm, con el cuerpo rechoncho armado de púas que le dan un aspecto inconfundible. Estas púas, que pueden alcanzar 3 cm, son pelos transformados que constituyen su principal medio de defensa, tan efectivo que les evita tener que huir ante el peligro. Cuando se sienten amenazados se enrollan sobre sí mismos a modo de bola, gracias a su potente musculatura, confiriéndoles una notable inexpugnabilidad frente a sus depredadores.
Una cara así no se ve todos los días, y quien la ha visto no la olvida jamás. La lechuza está presente en toda nuestra geografía, ocupando campanarios, ruinas y casas deshabitadas, pero sólo sale de noche, a pesar de lo cual, es blanca. La naturaleza siempre es sorprendente: la lechuza, cazadora nocturna e implacable, es blanquecina, mientras que cuervos y cornejas son diurnos y negros como el carbón. Pero todo tiene su explicación. Los cuervos y las cornejas lo que no quieren es que los depredadores les vean durante la noche, momento en que son totalmente vulnerables. Y a nuestra lechuza le sucede lo contrario: no quiere ser vista durante el día. Y el mejor color para pasar desapercibida entre las vetustas piedras de sus campanarios es el blanquecino, similar al granito. Que la vean de noche le preocupa menos, como a esos futbolistas discolos que hacen ostentación ante los “paparazzis” de sus salidas nocturnas y alevosas. Además, su comida favorita y casi única comida, no suele mirar al cielo mientras rebusca semillas entre la hojarasca. Nos referimos, claro está, al pobre ratón. Y es que nuestra lechuza, en época de cría, caza más ratones que el más avispado de los gatos. Se han contabilizado más de un centenar de capturas al mes para una familia de lechuzas compuesta por papá, mamá, y cinco lechucitos. Este hábito alimentario, unido a su nocturnidad, ha permitido a la lechuza cohabitar con el hombre sin ser apenas molestada. Gracias a ello, es una rapaz nocturna todavía abundante.
Esta pregunta se contesta por sí sola: el macho no puede comerse a la hembra después de la cópula porque, sencillamente, la especie desaparecería. De manera que esta “horrible crueldad” no entra en los planes del varón-animal. Ahora bien, se puede merendar a la hembra después de haber parido, o puede comerse a sus hijos, lo que desde un punto de vista ético es muchísimo peor. Y estas cosas sí las hacen los machos de muchas especies. Es corriente que machos solitarios de león acaben con la vida de la prole de una leona, con objeto de lograr que entre de nuevo en celo y pueda ser fertilizada con sus genes. Si lo hace el rey de la selva, figúrese los súbditos. Ejemplos los hay a cientos. De manera que lo dramático de una mantis no es que se meriende al cónyuge, sino que el “merendado” sea un santo varón. Es decir: puro machismo.
El mirlo común (Turdus merula) es uno de los pájaros más populares de Europa, aunque en los escritos sobre ornitología de hace 150 años se decía que era un ave bastante rara. Se encuentra ampliamente distribuido en parques y jardines, en los cuales busca lombrices de las que alimentarse. Comparte el nombre vulgar de “tordo” con otras muchas especies de aves, como el zorzal y otros pájaros de color negro, tales como estorninos, grajillas, cornejas o chovas.
El petirrojo es, seguramente, uno de los pájaros en los que la curiosidad se encuentra más desarrollada. Muchos de nosotros nos hemos visto sorprendidos cuando, tras unos minutos de trabajo invernal en el jardín, removiendo tierra, cavando o podando alguna zona, hemos recibido la visita de esta ave que, desde un apostadero cercano, arbusto, poste o cerca, espera nervioso a que terminemos nuestra tarea para abalanzarse sobre la zona trabajada para buscar alimento.
Los insectos o hexápodos son el grupo de artrópodos con más éxito, desde el punto de vista biológico, en la faz de la tierra. Ningún otro colectivo de seres vivos tiene tal variedad de formas, colores, funciones y hábitats. Constantemente se están describiendo nuevos insectos y algunos autores piensan que es posible que el número de especies ronde los treinta millones.
Las tijeretas son insectos alargados, pardos o rojizos brillantes, que miden entre 1 y 1,5 cm de longitud. Tienen las alas posteriores protegidas por las anteriores que se han transformado en unos élitros duros y córneos, característica que comparten con los escarabajos.
